Habitaba entonces en Oviedo una distinguida familia que figuraba en los paseos del Bombé y en las reuniones de confianza del Casino. Era una familia dilatada, aunque sólo del lado femenino. Aquellos señores tenían varias hijas, bastantes hijas, no sé cuántas hijas; pero, en fin, muchas hijas. Pasaban todas ellas justamente por bonitas y las había de diferentes tamaños. Mientras las primeras eran amigas de mi madre y nos visitaban alguna vez en Avilés, la última podría tener once o doce años y era mi contemporánea.
Sin embargo, yo la miraba con cierto desdén. Aunque había jugado con ella en la playa de Luanco cuando contaría seis o siete años de edad y llevaba, como yo, cortado el pelo a punta de tijera, al llegar a Oviedo y tropezarla en la calle me limité a decirle adiós dignamente.
Hay que confesar que era una dignidad intempestiva. Tanto más cuanto que aquella chica me había gustado en su primera juventud y me seguía gustando.
Era menuda, de facciones admirablemente correctas y con unos ojos negros capaces de atravesar una barricada de sacos de harina. Yo, que no era ningún costal, me sentía traspasado de parte a parte cada vez que me cruzaba con ella en el paseo. Pero la dignidad me obligaba a mostrarme completamente indemne.
Se llamaba Antonia; este era su nombre legal. Otro le daban completamente ilegal y era el de una monedita americana, chiquita, bonita, a lo que oí decir, porque yo jamás la he visto. El nombre estaba, pues, bien adaptado; pero yo la llamaré ahora por el suyo porque ya está muerta y cuando se hizo mujer no le agradaba que la nombrasen de otra suerte.
El lector se alegrará seguramente al saber que toda mi dignidad se disipó como un sueño cierta tarde del mes de Febrero. Es un suceso que no interesará a todo el mundo como los presupuestos municipales; pero estoy seguro de que hay chico de trece años a quien divertirá más.
He aquí cómo ocurrió:
Se celebraba en Oviedo la feria de la Candelaria, llamada allí también la Romería de las naranjas. Asturias no es un país de naranjos, pero a la orilla del mar, por la parte de Oriente, crecen algunos que dan una fruta bastante aceptable, sobre todo si se la come con azúcar. El día de la Candelaria llegan a Oviedo por la carretera de Gijón muchos carros cargados de ella y se establece en esta carretera un lucido paseo. No tiene más que un inconveniente y es que el camino por aquella parte ofrece una fuerte pendiente, lo cual le hace imposible para los asmáticos.
Antoñita no lo estaba, a Dios gracias, y paseaba arriba y abajo entre cestos de naranjas con sus amiguitas toda la tarde. Yo, sentado en el pretil con los míos, me sentía cada vez más subyugado por sus ojos negros. Cuando cruzaba por delante de nosotros me venían ganas de decirle alguna palabra amable.
En vez de esto ¿qué es lo que se me ocurre? Pues dispararle con mi tiragomas una corteza de naranja. Lo hice con tanta fuerza y buena puntería que le di en mitad de la mejilla produciendo un chasquido temeroso.