La niña dejó escapar un grito y se llevó la mano a la parte delicada, rompiendo a llorar perdidamente. Sus amiguitas acuden a consolarla y encarándose después conmigo me ponen de «bruto» y «animal» que no había por donde cogerme.
Tenían razón: yo se la daba en el fondo del alma. Me pesaba tanto y estaba tan avergonzado de mi vileza que me faltaba muy poco para romper a llorar también. En vez de eso comencé a reír groseramente coreado por las carcajadas de mis amigos.
¿Cómo llevé a cabo tal salvajada precisamente en los momentos mismos en que me sentía más impresionado por el lindo rostro de aquella niña? No me es posible explicarlo. Quizá estén en lo cierto los que afirman que cualquier emoción nos puede impulsar a ejecutar actos diametralmente contrarios.
Una señal rojiza quedó impresa en el rostro de la hermosa niña, y con esta roja señal, testimonio de mi brutalidad, siguió paseando toda la tarde. No es posible imaginarse el doloroso efecto que causaba en mí aquella marca cada vez que pasaba por delante de mis ojos. Aunque lo disimulaba afectando alegría, mi corazón se sentía triste y me gritaba sin cesar: «¡Miserable!»
Las amiguitas cuando pasaban cerca de nosotros tornaban a encararse conmigo y tornaban a llamarme bruto. ¡Ay, cuánto hubiera deseado que ella hiciese lo mismo! Pero no: ella se limitaba a dirigirme una tímida mirada que apartaba velozmente. Era una mirada tan dulce y tan triste que me acometían impulsos de arrojarme desde el pretil de la carretera y desnucarme o, por lo menos, producirme algún grave desperfecto.
Cuando llegué a casa por la noche iba determinado a realizar un acto trascendental. Me encerré en mi cuarto, tomé la pluma y escribí la carta más disparatada que se haya escrito en la segunda mitad del siglo XIX. Era una mezcla de Chachas y de Abelardo con ciertos recuerdos del tronco infeliz de mi tía y del Lago, de Lamartine, rociado todo ello con algunas gotas de El estudiante de Salamanca, de Espronceda. Pedía perdón a Antoñita de un modo patético, le declaraba mi amor de un modo más patético aún y le hacía saber, en el caso de que no me otorgase ambas cosas, mi designio irrevocable de no asistir más a cátedra y dejarme morir lentamente de inanición.
Pero lo más grave de las cartas, en casos como el mío, no es escribirlas, sino entregarlas; todo el mundo lo sabe.
Hay quien apela al correo interior. Es el medio más seguro de que no lleguen a manos de la interesada. Hay quien las entrega en propia mano. Esto es mucho más eficaz, completamente eficaz; pero tal procedimiento se halla reservado para los estudiantes de cuarto y quinto año que juegan carambolas al billar y conocen el mundo. Yo era un pobre estudiante de segundo de Latín y no podía lanzarme a tales aventuras.
Opté por un término medio. Espié la salida de su doncella a un recado, la seguí disimuladamente y cuando iba a entrar en una tienda de mercería me acerqué a ella y en la misma actitud humilde de un mendigo que pide limosna le dije:
—¿Me haría usted el favor de entregar esta carta a Antoñita?