La voz salió de mis labios como un blando soplo, sin producir apenas sonidos perceptibles.

—¿Qué dices, niño?—me preguntó bruscamente.

Entonces yo, que debía de estar pálido, me puse colorado. La misma vergüenza que sentía, me hizo repetir con fuerza la demanda.

La doncella me miró a la cara con risueña curiosidad, estuvo algunos instantes indecisa, quizá entre darme un bofetón o tirarme de las orejas; al fin dijo arrancándome la carta de las manos:

—¡Bueno, se la entregaré!

Era una buena chica. Cumplió su palabra.

Al día siguiente estuve paseando por la calle de Antoñita y ella se asomó al balcón, pero yo no osaba mirarla sino de lejos. Cuando pasaba por debajo, en vez de levantar los ojos, los abatía mirando con insistencia a la acera de la calle.

Pero he aquí que una de las veces veo caer delante de mí, sobre esta acera, un papelito. Me bajo, lo recojo, y sin mirar tampoco al balcón, lo meto en el bolsillo y desaparezco.

Después que doblé la esquina, lo abrí con mano trémula. Dentro traía, para hacer peso, un trocito de lápiz, el lápiz, sin duda, con que estaban escritos dos renglones que decían: «Estás perdonado, si tú me quieres a mí yo también te quiero a ti.»

Estos renglones estaban horriblemente torcidos y las letras eran horriblemente grandes y además gibosas y temblonas como si las hubieran trazado los dedos arrugados de una vieja y no una linda mano infantil. Pero yo me hubiera prosternado ante ellos como un musulmán ante el autógrafo de Mahoma.