¡Ya tenía novia! Este fué mi primer pensamiento vanidoso. Vuelvo a decir que el amor juega poco papel en las relaciones infantiles. Sin embargo, me sentía atraído particularmente hacia aquella niña que tan dulcemente perdonaba mi brutalidad.
En los días siguientes seguí paseándole la calle y, ya disipada mi timidez, la miraba y remiraba largamente, y ella me miraba también con extraordinaria atención. Parecíamos dos gatos, aunque sin exhalar el más leve maullido; es decir, que ni una sola palabra se cruzaba entre nosotros. Solía ir a esperarla cuando salía del colegio. Un amigo íntimo me prestaba el servicio de acompañarme en estos casos y juntos la seguíamos. Marchaba colgada del brazo de su niñera y de vez en cuando volvía la cabeza para dirigirme una rápida mirada. La niñera la volvía con más frecuencia y sonreía, y alguna vez también me hacía señas para que me acercase. ¡Oh, cuánto valor se necesitaría para ello!
Tuve, no obstante, una ocurrencia feliz. Como yo paseaba no pocas veces la calle sin que ella estuviese al balcón, me vino el pensamiento de comprar un pito y silbar. Tardó Antoñita en darse cuenta de que era yo el autor de aquellos silbos prolongados, pero cuando lo hubo averiguado, así que oía silbar, se asomaba al balcón. Mas ¡suerte maldecida! unos estudiantes forasteros que se hospedaban por allí cerca observaron mis maniobras y comprando un pito igual al mío hicieron salir a Antoñita repetidas veces en vano. Uno de estos estudiantes aún vive. Y cuando voy por Asturias me recuerda la broma y reímos mucho. Y después de reír solemos quedar ambos silenciosos y melancólicos.
Este incidente me produjo alguna desazón, pero no puede compararse con la que poco después experimenté. Creo haber dicho que un amigo íntimo me acompañaba algunas veces en mis paseos por la calle de Antoñita y también cuando iba a esperarla al colegio. Pues bien; este amigo, repentinamente comenzó a enfriarse conmigo; se apartaba de mí en los claustros de la Universidad; se negó a acompañarme cuando se lo proponía y hasta noté que fingía no verme para no acercarse.
Pocos días después le encontré frente a los balcones de Antoñita mirando hacia ellos con insistencia. En cuanto me divisó siguió su camino. Pero otro día volví a hallarle en la misma posición y entonces no se movió ni me saludó siquiera. En los siguientes comenzó a pasear descaradamente la calle de mi novia y hasta iba a esperarla al colegio acompañado de otro amigo.
Esta primera traición que padecí en mi vida me sorprendió muchísimo; lo cual demuestra que es falsa la teoría de que hemos vivido antes de ésta otras vidas. Porque si hubiera vivido antes, por poco que fuese, habría encontrado aquello muy natural. Para colmo de dolor observé que mi novia coqueteaba con él una chispita. Una corriente de odio de alta presión se produjo entre él y yo.
Para establecer el circuito no hacía falta más que una ocasión.
Vino el contacto paseando por el claustro de la Universidad antes de la hora de clase. Yo le dirigía miradas furibundas cada vez que nos cruzábamos: él evitaba mirarme porque sin duda le quedaba todavía un resto de pudor. Sin embargo, los amigos que paseaban con él debieron de advertirle que yo le miraba de un modo provocativo y él se sintió humillado de esta advertencia, porque en una de las vueltas volvió hacia mí el rostro y me clavó una mirada insistente y retadora.
El choque fué terrible, ferocísimo. Yo tenía tal ansia de dar golpes y los daba con tal coraje que no sentía los suyos. Nos abrazábamos, procurábamos con afán derribarnos y, no pudiendo conseguirlo, nos separábamos y volvíamos a los golpes, y otra vez el odio nos juntaba cuerpo a cuerpo. En torno nuestro se había formado un corro de chicos que presenciaba el combate como una pelea de gallos.
Mas de improviso siento por detrás un puntapié y un pescozón. Aquello no podía venir de mi enemigo. En efecto, unos dedos mayores que los suyos me habían sujetado por el cuello y oí una voz terrible que gritaba: