—¡Bedel! Abra usted la carbonera.
Era el secretario del Instituto y a la vez catedrático de Historia y Geografía que desde su atalaya de la Secretaría nos había atisbado.
El bedel abrió la carbonera y a empellones nos metieron dentro.
El secretario del Instituto era un excelente profesor, todo el mundo lo reconocía. Era, además, un hombre de recta intención y valeroso, como lo demostró algún tiempo después renunciando a su cátedra y marchando a engrosar las filas del ejército carlista. Pero el secretario del Instituto no poseía ni penetración ni previsión. Porque si las tuviese no encerraría solos a dos chicos que se estaban combatiendo con furor.
Siguió el combate mortífero, rabioso. Rodamos por tierra, y unas veces caía él encima y otras caía yo. Luchábamos desesperadamente, y en silencio. Al cabo de algún tiempo las fuerzas nos fueron abandonando. Por lo menos yo sentí claramente que las mías se debilitaban. Una de las veces que caí debajo ya no pude levantarme y él logró ponerme una rodilla sobre el pecho. Estaba vencido.
—Jura que no pasearás más la calle de Antoñita.
—Lo juro—respondí.
—Júralo por tu madre.
—Lo juro por mi madre.
Entonces me soltó; nos levantamos y nos limpiamos la chaqueta y los pantalones. Cinco minutos después vinieron a abrirnos para entrar en clase. Y allí no había pasado nada.