Pude haber faltado a mi juramento sin grave riesgo, porque nuestras fuerzas se hallaban bastante equilibradas; pero lo respeté religiosamente. No volví a pasar por la calle de Antoñita.
Al cabo de quince o veinte días, hallándome paseando, como de costumbre, por el claustro, sentí que una mano se apoyaba sobre mi hombro. Me volví y me encontré con mi ex amigo, que me dijo en tono natural:
—Oye, si quieres puedes pasear cuanto se te antoje por la calle de Antoñita.
—No puede ser—le respondí—. Lo he jurado por mi madre.
—¡Qué importa!—replicó—. El juramento no te obliga ya, puesto que yo te dejo libre.
Y, acto continuo, se emparejó conmigo y me declaró en términos expresivos que Antoñita era una tonta llena de presunción, indigna de que un hombre serio como él gastase las suelas de sus botas paseándola la calle; que estaba profundamente enamorado de la hija de un confitero, y que ésta compartía su llama, puesto que le echaba desde el balcón caramelos y rosquillas de consejo.
Bien eché de ver que todo aquello era dictado por el despecho, y que, en realidad, me relevaba de mi juramento porque Antoñita no le había sido propicia.
En efecto, cuando me decidí a esperarla otra vez a la salida del colegio y a pasear debajo de sus balcones, la hallé tan expresiva, tan amable y sonriente, que me sorprendió.
Me sorprendió, porque yo no sabía entonces como el Taso «de la mujer, la condición precisa», ni como Shakespeare que era «pérfida como la onda».
Fuí tan inocente que no comprendí que mi alejamiento, que ella juzgaba voluntario, había producido la derrota de mi rival.