Yo no vi clara la relación de causalidad que existía entre la chaqueta nueva de José Mateo y el que la Salia se quedase escosa (sin leche). Callé sin embargo y al cabo de un momento él mismo se encargó de explicármela.

—El amo me mandó ir a venderla al mercado.

El amo era Cayetano; a mi padre le llamaba, «el señor».

—¡Ah! ¿vas a la Pola? Yo voy contigo.

En efecto, me dejaron ir a la Pola con él y estuve toda la tarde en el mercado del ganado. Después de mucha, muchísima conversación y de infinitos tanteos y reconocimientos, después de regatear una hora entera por cosa de medio duro, al cabo se vendió la Salia. José Mateo, que había estado locuaz todo el día volvió a quedar silencioso y taciturno cuando vió partir al comprador con la vaca atada por los cuernos. Hacía seis años que la ordeñaba, que la daba de comer, que la llevaba al río a beber, que la uncía al carro. Metió rápidamente en la faltriquera, como si le quemase los dedos, el dinero del precio, me tomó de la mano y emprendimos de nuevo silenciosos y tristes el camino de Entralgo. ¡Ah, vosotros los que en la Bolsa vendéis y cambiáis indiferentes esos papeles que llamáis valores, cuán poco imagináis las emociones que representa la venta y el cambio de los valores de la aldea!

Los domingos eran días más felices aún para mí. Al despertarme escuchaba el dulce tañido de las campanas. Si al terminar el repique sonaban lentamente dos campanadas por ellas averiguaba que era el segundo toque. Saltaba del lecho prontamente y me asomaba al corredor de la parra. Enfrente de mí, y bien lejana, se alzaba la gran Peña-Mea cuya crestería se recortaba en el azul del cielo. Los castañares que vestían las colinas, la pomarada, todo el follaje en que estaba envuelta mi casa brillaba a las primeras luces del sol matinal. Por delante comenzaban ya a pasar en dirección a la iglesia los vecinos de Canzana vestidos con el traje de fiesta, la tosca camisa blanquísima, el calzón corto de paño con botones plateados, la chaqueta al hombro, enhiesta la picuda montera de pana. Este Canzana es un pueblecito de nuestra parroquia asentado en el repliegue de una colina encima de Entralgo.

Cuando ya estaba todo preparado y sonaba el tercer toque nos poníamos en marcha hacia la iglesia. Mi madre solía ir a caballo porque siempre estaba delicada de salud y el camino, aunque corto, era áspero. A mí me parecía encantador, pedregoso, sombreado de avellanos que formaban sobre él un túnel prolongado. Al llegar a la iglesia el sexo masculino se separaba del femenino tomando el primero por la izquierda y el segundo por la derecha. Los hombres se quedaban unos instantes en el pórtico hasta que daba comienzo la misa; las mujeres entraban directamente.

Mi padre y yo íbamos a la sacristía, donde se hallaban ya los personajes más caracterizados de la aldea. El cura era un viejecito, delgado, suave, meloso que nos acogía siempre con extraordinaria deferencia. Con todo el mundo era amable y tolerante menos con San Nicolás. Este santo tenía un santuario en Campiellos, lugar no muy distante del nuestro, al cual acudían los habitantes de Laviana y aun de otros concejos buscando el remedio de sus enfermedades y miserias. Tanta fe habían despertado sus curaciones milagrosas que los peregrinos aumentaban sin cesar y no se hablaba de otra cosa por aquellos contornos. Esto molestaba grandemente a nuestro párroco que veía abandonada por San Nicolás a nuestra Virgen del Carmen, patrona de Entralgo, y de la cual era devotísimo. No le faltaba razón a mi juicio, porque suponer que San Nicolás había de conseguir de Dios más que la Virgen era insensato y hasta impío. Por eso siempre que se presentaba la ocasión en los sermones o pláticas que pronunciaba antes del ofertorio solía aludir con cierta acritud al afán imprudente que se había apoderado de sus feligreses por ir a visitar y hacer ofrendas al santuario citado.

Un día nos dió a quemarropa la siguiente noticia de sensación: «Amados hermanos míos: San Nicolás de Campiellos no está en Campiellos; allí no está más que una imagen.» Pues a pesar de esta y otras expresivas advertencias el vecindario persistió en favorecer a San Nicolás; porque lo mismo en la aldea que en la ciudad, en el orden temporal como en el espiritual la moda ejerce un imperio despótico.

Era devotísimo nuestro cura, como he dicho, de la Virgen del Carmen y no cesaba de exhortarnos para que nosotros lo fuésemos también. «Pidamos a la Virgen—nos decía un domingo—, pidámosla sin cesar, pidámosla con insistencia, porque aunque parezca alguna vez que no nos escucha seguro es que al fin nos atenderá. La Virgen es como una madre a quien su hijo pequeñito le dice:—¡Madre, dame pan, madre, dame pan! La madre no le hace caso y el niño repite:—Madre, dame pan. La madre parece que no le oye y el niño no cesa de repetir:—¡Madre, dame pan, madre, dame pan! Y al fin la cariñosa madre concluye por darle pan y manteca.»