Esto me parecía muy bien porque era apasionado del pan con manteca, sobre todo si se la espolvoreaba con un poco de azúcar.

Quizá al llegar aquí el lector sonría pensando en Bossuet. ¿Pero qué íbamos a hacer nosotros con Bossuet? ¿Quién le había de entender allí? Dejemos el águila de Meaux en su nido y no despreciemos demasiado a este pobre gorrión, porque todos los pájaros grandes y pequeños son de Dios y todos cumplen su destino sobre la tierra.

La salida de misa era siempre alegre. Bajábamos por la calzada pedregosa sombreada de avellanos, formando grupos, charlando y riendo. Mis padres se quedaban en casa, pero yo con Cayetano y José Mateo continuaba hasta la Bolera donde se organizaba inmediatamente el juego de bolos. ¡Qué asombro el mío al ver a aquellos hombres lanzar al aire una inmensa y pesada bola de roble con más facilidad que yo lanzaba una pelota de goma! Los vecinos de Canzana que entraban en el partido allí se estaban hasta el obscurecer sin tomar alimento y sin dar señales por esto de flaqueza. Hay uno, labrador bien acomodado, pero tan avaro que al comenzar el juego se despoja de sus zapatos nuevos para no estropearlos y los oculta detrás de un madero. Pero hay otro de Entralgo, cazurro y bromista, que lo observa y disimuladamente va hacia el madero, se despoja también de sus zapatos y calza los del avaro. Todo el día juega con ellos puestos y es de ver la risa que se apodera de los circunstantes enterados del trueque cuando el de Entralgo disputando sobre algún tanto con el de Canzana da furiosos zapatazos en el suelo para estropearle aún más el calzado. Son las farsas de la aldea, groseras si se quiere, pero tan divertidas como las de la ciudad.

En las tardes de calor íbamos a bañarnos mi padre, Cayetano y yo, al pozo llamado de la Cuanya, un remanso de río cerca de una peña, sombreado por un inmenso nogal. El placer más grande de estos baños era ver a Cayetano zambullirse, permanecer dentro del agua algunos instantes y salir siempre con una trucha en la mano. Habilísimo para buscarlas debajo de las piedras, en alguna ocasión le he visto salir con dos, una en cada mano. Pero me hacía experimentar zozobras mortales. Cuando tardaba en asomar la cabeza más de lo ordinario se me figuraba que se había ahogado y mi corazón latía con violencia. El recuerdo de estos momentos penosos me sugirió el cuento titulado ¡Solo! que figura en la colección de mis obras.

Un goce mayor aun era comer en casa de cualquier vecino. Recorría con frecuencia las de los más señalados y si llegaba a la hora del mediodía, me ofrecían siempre con franqueza y cordialidad su pobre comida. Casi todos cultivaban en arriendo tierras de mi padre y profesaban a nuestra familia un afecto que nunca se ha extinguido. Aceptaba lleno de regocijo. ¡Cuán poco necesita el hombre para ser feliz! Yo lo era comiendo un miserable pote en un plato de barro con cuchara de madera y bebiendo después una escudilla de leche. Aquella humildad placía a mi corazón en vez de resquemarlo porque aun no había llegado para mí la hora del orgullo.

Y no sólo compartía con gozo sus groseros alimentos sino también quería tomar parte en sus faenas. Me llevaban a los prados, me llevaban a las tierras y yo me esforzaba en prestarles ayuda y ellos aceptaban sonrientes mis esfuerzos y los alentaban. Cuando al fin me decían:—«¡Bien, muy bien! hoy has ganado la comida», quedaba tan gozoso como pudo quedarlo el patriarca Jacob cuando su tío Laban le entregó la bella Raquel después de los siete años de servicios.

La más culminante faena del verano es la yerba. A ella dediqué, pues, toda mi atención y sobre ella concentré mis esfuerzos para pagar a mis convecinos el alimento con que me regalaban. Antes del amanecer la cuadrilla de segadores se constituye en el prado que se ha de segar. Las primeras horas de la mañana, por ser las más frescas del día, son las mejor aprovechadas. Pero yo nunca logré que me despertasen temprano. Iba cuando llevaban a los segadores la parva, esto es, el ligero desayuno compuesto de queso, pan y aguardiente. Naturalmente en esta dura tarea de cortar la yerba con guadaña yo no podía prestarles grandes servicios porque cuantas veces intenté hacer uso de aquel instrumento otras tantas clavé la punta en el suelo sin cortar una mala yerba. Pero cuando a las horas del sol se trataba de revolverla, esto es, de extenderla para que se secase, entonces entraba yo en funciones y con un palito u horquilla que me daban me ponía a trabajar con el mayor ardor, sufriendo pacientemente el del sol, que no era flojo.

Si no llovía, al día siguiente la yerba estaba seca y se metía en el pajar o tinada, como allí dicen. Era cosa de probar mis fuerzas. Las probaba haciendo que me atasen una carga que me empeñaba fuese grande. No podía con ella y en cuanto me la ponían sobre los hombros caía al suelo abrumado. Trataban de aminorarla, pero yo no lo consentía y volvía a obligarles a que me la echasen encima y otra vez daba conmigo en el suelo. Así repetía la suerte hasta que avergonzado y confuso me entregaba a la desesperación, llorando mi impotencia con amargas lágrimas.

Otras más amargas aun vertí aquel verano y no fué por cumplir con mi deber sino por faltar a él. Había en uno de los corredores guarnecidos de parras un nido de golondrina que me interesaba muchísimo. Los padres iban y venían sin cesar cebando a sus pequeños y éstos comenzaban ya a asomar sus piquitos fuera del nido. Largos ratos pasaba en contemplación de aquella tierna escena de familia cuando un día se me ocurrió trabar relación más íntima con ellos. Y para lograrlo no hallé otro medio más adecuado que tomar una escoba, subirme sobre una silla y...

Ya se puede inferir lo que sucedió. Nunca pude comprender qué motivo determinante me impulsó a realizar aquella triste hazaña. Sólo puedo explicármela por una tentación del pequeño demonio de la curiosidad que existe en cada niño.