El nido se hizo migajas en el suelo y aquí y allí esparcidos aparecieron unos cuantos pajaritos desplumados, nada gratos de ver. Una criada que estaba en la habitación oyó el ruido, se asomó al corredor y dió un grito. Otra criada que estaba cerca acudió al oír el grito y dió otro grito. Mi madre llegó en seguida y lanzó otro grito. Después Manola y lo mismo Cayetano... en fin todo el mundo. Y por fin acudió mi padre que al ver lo que pasaba se puso rojo como si fuera a sufrir un ataque de apoplejía.

Todos me increparon a la vez furiosamente y todos en la misma forma, esto es, dirigiéndome idéntica pregunta:

—¡Niño! ¿por qué has hecho eso?

Yo debía de estar pálido como un muerto y guardaba silencio.

—¡Niño! ¿por qué has hecho eso?

El mismo silencio.

En realidad, aunque quisiera, no podría satisfacer su pregunta. Desde entonces he pensado que en el mundo se hacen muchas cosas malas sin saber por qué se hacen.

—¡Mirad, mirad la madre cómo contempla el destrozo!—exclamó Manola.

La golondrina, en efecto, sin miedo alguno a la gente estaba posada sobre la baranda del corredor casi tocando con nosotros y parecía la imagen de la desesperación.

Mi padre, que se ocupaba en recoger el nido, alzó su rostro hacia ella y en sus ojos vi temblar dos lágrimas.