No sé lo que entonces pasó por mí. Pensé que el corazón se me partía de dolor y comencé a dar tan altos gritos que todos acudieron en mi auxilio abandonando a los desvalidos pajarillos.
Por fin aquella gran ruina mejoró de aspecto. Mi padre hizo traer un cestito, lo rellenó con algodón en rama y colocó en él delicadamente a los tiernos golondrinitos. Después Cayetano se subió en una escala, clavó una escarpia en el techo del corredor y colgó de ella el cestito. Nos ausentamos todos y pocos minutos después pudimos observar con satisfacción que los padres volvían de nuevo a cebar a sus hijos.
IV
LA INFANCIA ANTE LA MUERTE
Las personas sensibles y que aman mucho a los niños se esfuerzan en alejar de ellos los espectáculos de muerte. Suponen que ésta ejerce sobre su impresionable imaginación un efecto pernicioso y que esta turbación prolonga sus desastrosos efectos y repercute al través de toda su existencia.
Me parece que están en un error. La muerte impresiona poco a los niños porque no creen en ella. El niño en este respecto, como en otros varios, semeja al animal. En la infancia vemos y pensamos que los otros mueren, pero no se nos ocurre imaginar que a nosotros nos puede suceder otro tanto. Gozamos plenamente de la inmortalidad de las fuerzas que animan a la naturaleza, de la sublime embriaguez de la vida y las infalibilidades infinitas que engendra su ilusión.
Esta es mi experiencia personal a lo menos. Recuerdo que en Avilés he visto veinticuatro hombres asfixiados que acababan de extraer del agua, tendidos sobre el muelle, y este horrible espectáculo no dejó huella maléfica alguna en mi existencia. Eran unos obreros que trabajaban en las canteras abiertas del lado de allá de la ría para la canalización de ésta. Cuando sonaba la hora de dejar el trabajo, algunas lanchas los transportaban del lado de acá. Los desgraciados tenían tanta prisa de llegar a sus casas, que se amontonaban peligrosamente en las embarcaciones por no esperar un nuevo viaje.
Al cabo sucedió lo que era de temer. Cierta tarde aciaga, una lancha cargada con veinticuatro hombres zozobró cerca ya del muelle, por haberse puesto repentinamente en pie uno de ellos. Muchos sabían nadar, pero los que no sabían se colgaron de ellos con tal ansia que todos quedaron paralizados. Los sacaron entrelazados como las cerezas.
Pues bien, declaro que mi sentimiento a su vista en aquellos momentos no fué de aflicción ni de terror, sino de curiosidad. Y tengo motivos para suponer que los otros niños que conmigo presenciaban tan horrible espectáculo, no se hallaban más impresionados.
Otro tanto me sucedió en Laviana cuando vi morir a un viejo de Canzana, lugar que como ya he dicho se halla situado sobre una colina encima de Entralgo. Por delante de mi casa vi pasar al señor cura, portador del Santo Viático, precedido del sacristán y escoltado por un grupo de vecinos que llevaban en las manos hachas de cera encendidas. Como otros niños de la aldea, me uní inmediatamente a la comitiva, y emprendimos la subida del áspero sendero que a Canzana conducía. Era una hermosa mañana de verano. El sol esparcía su luz por el frondoso valle colgando sus hilos de las hojas de los castaños, bañándose en los arroyos, dorando las crestas de las montañas, empujando algunas nubecillas blancas y rizadas hacia el horizonte, con el propósito sin duda de quedarse solo en el cielo. Pocos días tan espléndidos podíamos disfrutar en aquella región donde la lluvia es harto frecuente.
Marchaba con mis fieles amigos en medio de la mayor alegría. La campanilla del sacristán, en vez de causarme terror, sonaba en mis oídos de un modo delicioso. Volvía a menudo la cabeza, y el espectáculo del risueño valle surcado por la cinta de plata del Nalón, impresionaba dulcemente mi corazón. Allá arriba caminaba el señor cura con la sagrada bolsa sobre el pecho. Para preservarle del sol se había sacado del armario de la sacristía la sombrilla blanca de seda destinada a este efecto, y que poquísimas veces, por la razón ya dicha, tenía ocasión de mostrarse. Era un quitasol de palo largo que recordaba los que usan los orientales para preservar la cabeza de sus reyes. Un vecino la sostenía mientras el sacristán, algunos pasos más adelante, caminaba con el gran farol en una mano y en la otra la campanilla avisadora. Sonaba ésta de un modo tan claro y argentino en el silencio de la montaña, brillaba tan linda la sombrilla blanca allá en lo alto del sendero, exhalaban los árboles y el heno con la frescura del rocío un aroma tan grato que el recuerdo de aquella mañana ha hecho época en mi vida. Nunca sentí con más intensidad el placer de vivir, ni me impresionó de un modo tan gustoso la belleza del campo.