Cuando llegamos a Canzana, a la entrada del lugarcito nos esperaba un grupo de mujerucas con sendas y pequeñas velas de cera en las manos, que se unieron a nosotros. Pronto dimos con la casa del enfermo, que pudiera más bien llamarse choza.

Al traspasar la desvencijada y mugrienta puertecita, se entraba en su primera y última habitación que para todo servía: cocina, comedor, dormitorio y taller. Allá en un rincón se veía un montón de cenizas y algunos pucheros arrimados a él; en otro, algunos aperos de labranza y herramientas de madreñero; en otro, el sórdido catre donde se moría el dueño de todo aquello. Era un anciano cuyo nombre no recuerdo en este momento aunque tengo idea de que se llamaba el tío Lucas. Vivía solo desde hacía largo tiempo: era viudo y su única hija se había marchado hacía tres o cuatro años a Buenos Aires con su marido a probar fortuna.

Los vecinos que rodeaban aquel pobre lecho incorporaron al moribundo con trabajo cuando el cura penetró en la estancia. Después de las oraciones previas, éste le administró la última sagrada comunión. El rostro del enfermo estaba tan amarillo como las velas que sostenían las mujerucas en las manos: sus ojos vidriosos se paseaban por todos nosotros sin expresión alguna, como si no nos viese. Las mujerucas arrodilladas rezaban en voz alta y plañidera.

Todo aquello era en verdad interesante. Así que cuando el cura se retiró decidí quedarme con mis amigos a fin de enterarme cabal y minuciosamente de lo que era la muerte. No hay para qué advertir que ésta nada tenía que ver conmigo. La muerte era cosa de viejos, y yo no comprendía entonces la posibilidad de serlo. Espectador completamente desinteresado, semejante a un dios, presenciaba la muerte como un fenómeno estético, como una proyección artística destinada a entretenerme.

En torno del lecho permanecieron contadas personas. Entonces fué cuando entró en funciones el tío Pablo de Canzana, que era una de aquéllas. Este tío Pablo, hombre enjuto, un poco torcido, de rostro arrugado y cabellos negros y erizados, vestía el clásico calzón corto, pero en vez de las medias de lana con ligas que usaban los demás, dejaba caer por debajo el calzoncillo blanco hasta los zapatos. Su montera no tenía el pico enhiesto sino doblado como si quisiera indicar que era un hombre pacífico, que no se nutría de bagatelas como los demás, que rechazaba los placeres fútiles y se hallaba entregado en cuerpo y alma a meditaciones graves y extra-mundanas.

Los domingos, antes de la misa, dirigía el rosario para las mujerucas que lo rezaban, pues los hombres permanecían en el pórtico departiendo hasta que la campanilla les advertía de que iba a comenzar el Santo Sacrificio. Ayudaba también a éste cuando el cura se lo consentía, que no era siempre, por razones que luego declararé. Si había algún enfermo grave en Canzana, era quien venía corriendo a avisar al señor cura para que fuese a confesarle. Después de la misa, cuando en el pórtico se subastaban públicamente las ofrendas de pollos, de panes o de mantecas que los aldeanos solían hacer a los santos, el tío Pablo servía de pregonero y dirigía la puja con su voz aguda de falsete. Era en suma un hombre de temperamento sacerdotal que amaba a la Iglesia como un buho y que en vez de las patatas y la borona que le servían de cotidiano alimento se hubiera nutrido de buena gana con el aceite de las lámparas. No desempeñaba el oficio de sacristán porque desgraciadamente habitaba en Canzana. Esto creía él por lo menos, aunque no era cierto.

Tenía un grave defecto. Sea por falta de oído o de comprensión no salía de su boca una palabra sana, sobre todo si expresaba algún objeto que no fuese de la vida corriente. Las atrocidades que aquel hombre soltaba eran proverbiales en la aldea. El público en general no las atribuía a dureza del oído, sino a deficiencia del caletre. Digámoslo con franqueza, el tío Pablo aun entre aquellos rudos aldeanos era tenido por el mayor zote que comía borona en la parroquia de Entralgo.

Excusado es añadir que el latín con que regalaba los oídos del cura cuando le ayudaba a misa era de tal índole, que aunque a éste le había tocado poquísimo de Cicerón le ponía fuera de sí; arqueaba las cejas, torcía la boca y hasta rugía de espanto. Por eso sólo en último extremo, esto es, sólo cuando el sacristán no se hallaba en la iglesia y no había por allí nadie a quien encomendar la tarea se avenía a que el tío Pablo le sirviese de monaguillo.

Digo que el tío Pablo, así que el cura y el sacristán se partieron con el grueso de la comitiva, se preparó con íntima satisfacción (no diré con regocijo aunque tal vez pudiera decirlo) a ayudar a morir a su vecino. Le roció las narices con agua que debía de estar bendita, rezó un Credo que nos hizo repetir en voz alta a todos los presentes y poniéndole un crucifijo delante de los ojos profirió solemnemente:

—Lucas, di conmigo: «¡Jesús!»