Por último, aún leí otro poema, Os Luisiadas de Camoens. Bien puede, pues, decirse que los años de la segunda enseñanza fueron para mí la edad de los poemas. Este es el único que, exceptuando el de Espronceda, leí en su idioma nativo; porque el antiguo portugués se parece tanto al castellano que para cualquier español es comprensible. No debo conservar de este poema grata impresión. Llevé el libro, que era una linda edición diamante, a Entralgo en unas vacaciones de Navidad y lo leí al amor de la lumbre. Pero acaeció que saliendo de improviso un día al aire libre y frío me cogió una oftalmía de la cual me he resentido toda la vida.
Paralela a esta afición literaria, comenzó a correr en mi existencia otra a la cual debo quizá aún mayores y más sólidos placeres, la afición a los libros de historia, de filosofía, de crítica y ciencia social. Aunque parezca raro, estas dos tendencias han compartido mi espíritu hasta la hora presente y si he de hablar con sinceridad pienso que la segunda tuvo siempre más hondas raíces que la primera. Por haberlo manifestado así a un periodista extranjero y haberlo estampado en su diario, otro periódico de Londres se burlaba de mí exclamando: «¡Amante de la filosofía un hombre que escribe una novela todos los años!»
Pues bien sabe Dios que es la verdad. Lo sabe Dios y lo sabía mi buen amigo Angel Jiménez, por otro nombre el doctor Angélico, cuyos papeles he publicado hace años. Al tiempo mismo que escribía mis novelas pensaba con deleite en los libros científicos que había comprado y ansiaba terminarla para entregarme algunos meses a su lectura. Jamás soñé en mi adolescencia ni en los primeros años de mi juventud con los laureles del poeta: pensaba que había nacido para hombre de ciencia. Y lo he de confesar lealmente, cuando ciertas circunstancias que no quiero explicar me impulsaron a escribir novelas me juzgué dislocado y toda mi vida experimenté el vago sentimiento de haber sufrido una capitis deminutio.
Leí, pues, durante los años de la segunda enseñanza muchos y buenos libros: la Historia de los Reyes Católicos y de Felipe II, de Prescott; la Conquista de Méjico, de Solís; la Historia de la revolución inglesa, de Guizot; gran parte de la Historia Universal, de César Cantú; el Viaje del joven Anacarsis por la Grecia; las Lecciones de literatura, de Hugo Blair; El Deber, de Julio Simón; el Libro de los oradores, de Cormenin, obras de Michelet, de Laboulaye, etc., etc.
Leí asimismo alguno de los libros que entonces se hallaban a la moda, las Palabras de un creyente, de Lamennais, y El mundo marcha, de un señor llamado Pelletan. El estilo metafórico y enfático de estos escritores, en el cual sobresalió como ninguno Edgar Quinet, me sedujo entonces tanto como ahora me enfada. En la oratoria produce maravillosos efectos y a él debe nuestro Emilio Castelar sus triunfos; pero en los libros resulta empalagoso y buena prueba de ello son los del mismo Castelar.
Mas de todas las obras que entonces leí la que me dió más golpe y logró cautivarme fué la Historia de la civilización europea, de Guizot. Estas lecciones, profesadas en la Sorbona, fueron para mí una revelación y me iniciaron en lo que llamamos filosofía de la historia. A tal punto me impresionaron que después de haberlas leído varias veces resolví aprenderlas de memoria. Y así lo puse por obra: leía una lección repetidas veces y luego cerraba el libro y la escribía, resultando transcrita casi al pie de la letra.
¡Ay!, a causa de estas grandes síntesis padecí después en mi juventud no pocas indigestiones. La Europa fué inundada de generalizaciones históricas en el último tercio del siglo pasado. No sólo nuestros profesores de la Universidad nos abrumaban con ellas, sino que en los discursos de los oradores del Ateneo, en los del Congreso de los Diputados y hasta en los sermones de las iglesias se generalizaba de un modo espeluznante: se comenzaba siempre por Adán y se terminaba con la casa de Austria.
Todo el mundo se puso a generalizar en aquella época. Generalizaban los autores, y los oradores y los periodistas; generalizaban, a su imitación, los médicos cuando venían a tomarnos el pulso, y los abogados en sus informes aunque se tratase de un asesinato modestísimo, y los comerciantes cuando nos hacían pasar por inglés un género catalán, y las patronas de las casas de huéspedes al pedirnos dinero adelantado. La mía me trazó un día con grandes rasgos sintéticos, y en el espacio sólo de una hora, la historia de su grandeza y decadencia en un discurso repleto de imágenes, de exclamaciones y toda clase de artificios retóricos.
Alguna vez recorriendo con la vista mi biblioteca tropiezo con el famoso libro de Guizot y lo tomo en la mano. Su aspecto es venerable como el de las grandes casas solariegas a quienes el tiempo no ha logrado arrancar el sello de su grandeza. Su encuadernación lujosa, está ya bien marchita, bien arruinada; sus esquinas gastadas; su lomo deteriorado; pero tiene un aspecto de dignidad que impone respeto. Sin embargo, yo le doy vueltas entre las manos y sonrío. Mi sonrisa debe de hallarse impregnada de burla y desdén porque el libro parece mirarme con tristeza y decirme por una pequeña boca descosida que tiene en el lomo: «¡No rías, no rías hombre ingrato y presuntuoso! Si has hallado en otros libros mayores riquezas que en el mío, yo fuí quien primero habló a tu juvenil inteligencia. En aquel tiempo me escuchaste con embeleso y aprendiste de mí a desentrañar el sentido oculto de los sucesos y a meditar sobre sus causas y sus efectos. Acuérdate de la briosa exaltación con que te asimilaste mis pensamientos y las ilusiones que embargaban entonces tu ánimo y las esperanzas que concebías de llegar a ser un sabio. Si no lo has sido no fué culpa mía, pues otros lo han conseguido empezando por libros que no valen tanto como yo. Acuérdate de aquellas horas venturosas que juntos pasábamos en las noches de verano, debajo del gran quinqué de petróleo cuando todo callaba ya en la aldea y tu pobre madre sentada frente a ti trabajando con la aguja de ganchillo apenas se atrevía a toser para no turbar tus estudios. Soy un viejo y fiel amigo de tu adolescencia. ¡No te burles de mí!»
Entonces yo a mi vez quedo serio y triste. Permanezco inmóvil y meditabundo largo rato; y al cabo, enjugando una lágrima, vuelvo a colocar el libro con respeto donde estaba.