XXXII
DAR DE BEBER AL SEDIENTO

Hay hombres que harían bien en no morirse nunca: uno de ellos mi catedrático de Retórica y Poética y ampliación de Latín en el tercer curso del bachillerato. Harían bien en no morirse, porque son la alegría del género humano, que tanta necesidad tiene de ella para soportar sus miserias.

Nuestro profesor infundía regocijo en el alma así que abría la boca, y lo mismo cuando la tenía cerrada. Era hombre ya entrado en años, de baja estatura, y gastaba, a la usanza de sus tiempos juveniles, unas patillas negras que partían de la base de la nariz y llegaban hasta las orejas. En Oviedo corría válido el rumor de que se teñía estas patillas con el betún de las botas. El lector es libre de aceptar la especie o no aceptarla, porque yo no he podido comprobarla. Lo que sí puedo afirmar es que algunas veces se nos presentaba con ellas, de tal modo lustrosas y relucientes, que parecían salir de un salón de limpiabotas.

Mi catedrático tenía la cabeza clásica y el corazón romántico. Por su profesión y por su estudio de la antigüedad pagana admiraba a los héroes griegos y romanos, y estimaba a sus poetas, en especial a Tíbulo y Virgilio. Los dioses del Olimpo le infundían gran respeto, aunque no dejaba de achacarles cierta falta de sensibilidad. En cuanto a las diosas, las amaba desaforadamente.

Nos leía con entusiasmo la descripción que Virgilio hace de Venus en la Eneida y el Carmen sæculare, de Horacio; pero sólo le he visto llorar con el Poema a María, de Zorrilla:

«Voy a contaros la divina historia
de una mujer a quien el alma mía», etc.

Entonces las lágrimas resbalaban por sus mejillas, entraban dentro de sus patillas y arrastraban algunos sedimentos.

Había sido catedrático de Griego, pero ya no lo era. Un ministro desatentado lo había suprimido, poco tiempo hacía, de la segunda enseñanza. Fué el más áspero disgusto de su vida; fué una puñalada traidora que le dieron por la espalda. No precisamente por la admiración que profesaba a Homero, Sófocles y Píndaro, sino por la pasión vehemente que habían logrado inspirarle las raíces griegas. Estaba profundamente enamorado de las raíces griegas. Y cuando aquel malaconsejado ministro le prohibió explicarlas en cátedra, la vida le pareció mucho más insípida.

Había nacido orador, y con frecuencia usaba de esta facultad para dirigirnos vivos y largos reproches cuando confundíamos un pretérito con un supino. Eran tan largos, que a veces llenaban ellos solos la hora entera de clase. Pero en sus oraciones más patéticas no imitaba a Cicerón ni a Demóstenes; adoptaba más bien los acentos poéticos y quejumbrosos de los héroes de Chateaubriand y su escuela:

«Hijo mío—decía al escandaloso que había confundido el pretérito con el supino—: el veneno del vicio ha emponzoñado ya su alma infantil y se enrosca en usted como una negra serpiente. Camina usted, lo advierto con el corazón traspasado de dolor, camina usted por la senda tenebrosa a cuyo extremo se halla el antro fatal del pesar y del remordimiento. Porque no en vano se violan los consejos de nuestros padres y las enseñanzas de nuestros maestros. Al través de un espantoso tejido de desaciertos, rechazado por su familia, vituperado por sus amigos, señalado con el dedo por la sociedad en general, se verá usted al fin abandonado de todos y arrastrando tal vez en un obscuro calabozo la cadena del presidiario. Y, ¡quién sabe!, quizá algún día saldrá usted de allí pálido, trémulo, desgreñado, y verá usted con espanto, delante de sus hundidos ojos, alzarse la negra silueta del patíbulo.»