Hay que confesar que todo esto era de mal gusto; pero también Chateaubriand y Víctor Hugo padecen en ocasiones la misma enfermedad. Es uno de los lunares de la escuela. Sin embargo, nuestro profesor abusaba, como ningún otro romántico, de la negra silueta del patíbulo.
Pero si tenía los defectos de la escuela romántica, poseía igualmente sus virtudes. Era casto como un caballero de la Tabla Redonda. A pesar de haberse relacionado toda su vida con las deidades del paganismo, que, como todo el mundo sabe, andan completamente desnudas, no se había contagiado de su impudicia. El lenguaje más o menos libertino de algunos poetas romanos le ofendía. Recuerdo que traduciendo un día la Elegía tercera de Ovidio, o sea el famoso triste, que comienza:
Quum subiit Illius tristissima noctis imago
me dió una inolvidable lección de honestidad. Habíamos llegado al pasaje en que el poeta describe los instantes de su partida para el destierro. Tres veces había pisado el umbral de su casa y tres veces había vuelto sobre sus pasos para abrazar y besar a su esposa.
| Sape, vale dicto, vursus sum multa locutus, |
| Et quasi discedens oscula summa dedi. |
Yo traduje: «Varias veces, después del último adiós, volví a anudar nuestra conversación, y, como si me marchase, le di muchísimos besos.»
—¡Oh, no, hijo mío!, no se traduce así: «Me volví... y, como si me marchase, le di el ósculo de paz.»
No cabe duda que mi traducción era más literal; pero la de él era más casta. Aunque según todas las leyes divinas y humanas me parece que estamos autorizados para dar los besos que queramos a nuestras esposas cuando vamos a emprender un viaje largo.
No puedo menos de recordar su conducta digna y un poco sarcástica en cierta ocasión memorable cuando los alumnos del segundo, tercero, cuarto y quinto año tomamos la resolución de desacatar la autoridad gubernativa.
Creo haber indicado que en el primer año estudiábamos entonces una asignatura llamada religión y moral, de la cual era profesor el sacerdote atlético rompedor de mesas.