Pasado este curso ya no volvíamos a tener relación alguna con la religión y la moral.
Pero cuando me hallaba yo en el tercero escaló el Poder un ministro a quien se le ocurrió dictar una orden por la cual todos los alumnos del bachillerato debíamos reunirmos, no recuerdo si una o dos veces por semana, para escuchar la explicación del catecismo.
¡El catecismo! Aquello nos pareció la última de las degradaciones. Si se hubiese tratado de imprimirnos en la frente, con hierro rojo, una marca infamante, creo que no nos hubiéramos puesto más furiosos.
Inmediatamente se organizó en el Instituto una formidable y nunca vista conjuración. Los conjurados debían presentarse todos el día de la conferencia provistos de silbatos, y... Dios sobre todo; nosotros no éramos responsables de lo que acaeciese, sino los viles sicarios del Poder que nos empujaban a tales extremidades audaces.
En efecto, llegó el día de la primera conferencia. El sol surgió esplendoroso de los confines del horizonte, y así se mantuvo todo el día. La gente discurría por las calles tranquilamente sin sospechar el conflicto que se avecinaba. Durante la mañana se notó en los claustros de la Universidad una sorda agitación precursora de la borrasca. Todos estábamos nerviosos y serios; nos hablábamos poco y en voz baja.
A las tres de la tarde los claustros se hallaban completamente llenos de alumnos esperando la hora de la conferencia. A las tres y media apareció en el marco de la puerta de la sala de profesores la figura prócer y colosal del cura. Verla nosotros y estallar una silba ensordecedora fué todo uno.
El profesor quedó un instante suspenso; pero comprendiendo, al cabo, alzó la cabeza y paseó una mirada de león enfurecido por el rebaño de seres microscópicos que a sus pies producían aquellos sonidos discordantes. Detrás de él apareció la figura exigua del catedrático de Retórica y Poética revestido aún de toga y birrete.
El cura avanzó algunos pasos y acometido de un furor insano comenzó a increparnos con tan altas voces que dominaban nuestros silbidos:
—¡Ilusos! ¿Piensan ustedes amedrentarme con esos ruidos soeces? Están ustedes muy engañados. Sepan ustedes que yo, lo mismo visto el hábito de sacerdote que empuño la espada del guerrero... ¡Sepan ustedes, mentecatos, que yo soy como un caballo de raza noble: cuanta más carga le ponen más erguido se muestra!
Mejor hubiera dicho un elefante. De todos modos, el símil era absolutamente falso, porque a un caballo, por noble que sea su raza, si le ponen una carga demasiado grande concluirá por echarse.