A estas razones, proferidas con voz estentórea, acompañaba tan espantable agitación de brazos y piernas que yo estaba temiendo que se abrazase a una de las columnas del pórtico y desplomase como Sansón el edificio sobre nosotros y sobre él mismo.

El exiguo catedrático de Retórica y Poética a su lado, vestido de toga parecía el rey de Liliput acompañando a Gulliver. Inmóvil y sonriente, nos contemplaba con ojos de lástima y exclamaba de vez en cuando suavemente:

—¡Ni en las enmarañadas selvas del Africa!

Era la manera más retórica y poética de llamarnos cafres u hotentotes.

Pero las voces del cura eran tan altas, tan bárbaras, que debían de oírse no sólo en Oviedo sino en sus contornos.

—¡Adentro! ¡Adentro, majaderos! ¡Adentro ahora mismo o les pisoteo a ustedes como miserables hormigas!

¿Qué pasó allí entonces? Pues nada; que uno a uno fuimos entrando todos como mansos corderos en cátedra.

Desde entonces perdí la confianza en mí mismo y no creo tampoco en el valor de las muchedumbres.

En otra ocasión más alegre se ofrece a mi memoria y se me representa la figura greco-romana de mi catedrático de Retórica. Poseía este señor en la falda de la colina que protege a Oviedo de los vientos del Norte una quinta o sitio de recreo donde descansaba de sus trabajos sobre las raíces griegas trabajando las raíces de las coles.

Era una quinta pequeña, muy pequeña, tan pequeña que, según decían en Oviedo, cuando el único grillo que la habitaba salía a cantar fuera de su agujero, el profesor se veía obligado a retirarse de la finca.