Sin embargo, nuestro catedrático la tomaba muy en serio: y cuando se hallaba dentro de ella procuraba imitar en cuanto fuese posible unas veces a Horacio y otras a Cincinato.
Trabajaba la tierra con sus propias manos, reposaba después como Títyro bajo la fronda de un árbol y no tocaba la flauta porque no sabía. En cambio libaba de buen grado alguna vez no el Falerno, no el Siracusa, pero sí nuestro vino de la Nava que no les cede a aquéllos en aroma y energía.
Y cuando regresaba de su huerto después de pasar allí algunas horas trabajando, reposando y libando, y entraba en clase, nuestro profesor no parecía de este siglo sino el mismo Marco Fabio Quintiliano que se tomase la molestia de salir de la tumba para explicarnos el régimen de los verbos intransitivos.
Aconteció que un día de fiesta salimos de madrugada cinco o seis chicos para cazar pájaros con liga provistos cada cual de su correspondiente jaula. Anduvimos largo tiempo por la falda de la colina y apenas cazamos nada. Al cabo, muy fatigados y sudorosos, nos decidimos a regresar a nuestras casas, pues se acercaba la hora del mediodía. Cuando ya caminábamos velozmente la vuelta acertamos a ver, no muy lejos, la minúscula finca de nuestro profesor cercada por una lastimosa paredilla. No sé a quién de nosotros se le ocurrió hacerle una visita. Se decía que era sumamente afable cuando se hallaba entregado a las faenas agrícolas y que le placía recibir entonces la visita de sus discípulos.
Entramos pues allí por una desvencijada puertecilla y en efecto lo primero que vemos es a nuestro catedrático en mangas de camisa con la azada entre las manos en actitud de arrancar patatas.
A pesar de hallarse en esta posición poco brillante le saludamos con el mayor respeto y él nos acogió con la gravedad afable de un viejo romano de la noble familia de los Priscos.
—Hijos míos—nos dijo así que terminaron los saludos—, Marius Curius fué el más grande de los romanos de su tiempo. Después de haber vencido a muchos pueblos belicosos y haber arrojado a Pirro de Italia y gozado tres veces los honores del triunfo, se retiró a una humilde cabaña como esta que aquí ven ustedes y cultivó por sí mismo un pequeño huerto. Cuando los embajadores de los Sammitas vinieron a ofrecerle oro, que él rehusó, estaba sentado al pie de su hogar ocupado en cocer nabos... El emperador Diocleciano después de veinticinco años de glorioso reinado abdicó voluntariamente el cetro y fué a encerrarse en su pequeño retiro de Salónica. Allí vivió tranquilo y feliz algunos años haciendo lo que yo hago en este momento. Cuando de nuevo le ofrecieron la púrpura respondió sonriendo compasivamente: «Si vieseis todas las coles que yo he plantado este año por mi mano en Salónica no me aconsejaríais ciertamente cambiar parecida felicidad por una corona.»—¡Mirad, mirad, hijos míos, puedo decir yo también, qué hermosas patatas cosecho este año!
Admiramos mucho aquellas patatas, que nada tenían de admirables. La perspectiva de los exámenes, que se hallaban próximos, nos las hacían interesantes en aquel momento.
Luego nos invitó a sentarnos en un banco rústico, y frente a nosotros, sin soltar de la mano la azada, prosiguió:
—¡Beatus ille, hijos míos, dichoso aquel que apartado de los negocios y libre de todo cuidado cultiva los campos de sus padres! Así exclama Horacio en el Epodo segundo. Y nuestro dulce Fray Luis de León imitándole felizmente decía: