¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido!

La naturaleza, queridos niños, obra sobre el corazón, y la vida campestre inspira dulces sentimientos disponiéndonos a la felicidad. El amor de los campos, el reposo y el gusto de la bella naturaleza me seducen tanto como a Horacio y a Fray Luis de León, y aquí en este pobre y apartado fundo, lejos de la urbe tumultuosa (señalando con la mano hacia Oviedo) hago revivir los tiempos de la edad de oro y renuncio de buen grado a todos los placeres del mundo, a los esplendores de la ciudad, al brillo de las grandezas y al espectáculo de la disipación, prefiriendo los duros trabajos del labrador y sus placeres inocentes.

Nosotros sentíamos una sed horrorosa. Así que no podíamos prestar la atención debida a aquel elogio de la vida campestre.

Uno se aventuró a interrumpirle suplicándole que nos diese un poco de agua, si es que la tenía.

No le sentó bien la interrupción y nos dijo poniéndose serio:

—Ahí dentro hallarán ustedes el ánfora. Pueden ustedes beber de ella, pero cuiden de dejarme un poco de agua, porque la fuente está lejos y no tengo acomodo ahora de enviar a ella.

Entramos en la cabaña de Marius Curius. El ánfora era un grueso y panzudo botijo, el cual si tuviera vergüenza, que no la tenía, se ruborizara de oírse llamar de aquella suerte. Cuando llegó a mí contenía ya poca agua, pues mis compañeros habían bebido antes. Así que bebí toda la que restaba sin acordarme de la prevención del catedrático.

Al fin nos despedimos de éste elogiando de nuevo con palabras entusiastas sus ruines patatas. Ciertamente que sólo la perspectiva del examen podía volvernos tan rastreros aduladores de aquellos tubérculos.

Al día siguiente en cátedra se quejó amargamente de nuestra conducta inconsiderada. Pronunció un discurso declamatorio y lacrimoso como siempre, que duró bien media hora. Nos recriminó del modo más patético que puede imaginarse, haciendo pronósticos pavorosos acerca de nuestro porvenir. De este discurso memorable, como todos los suyos, repleto de apóstrofes, hipotiposis, epifonemas y otras figuras retóricas sólo recuerdo esta frase pronunciada con acento dolorido que iba derecha al corazón.

—¡Dejar a su viejo maestro en un páramo erial sin una gota de agua con que humedecer sus labios!