No fué ese mi propósito: lo declaro con la mano puesto sobre el corazón. Apremiado por la necesidad la satisfice sin acordarme en tal instante de mi viejo maestro.

Si se profundiza adecuadamente se hallará razón parecida en casi todas las maldades que se cometen en el mundo.

XXXIII
EL ATENEO

Por aquellos días, esto es, en el tercer año del bachillerato, trabé relación con unos cuantos estudiantes más adelantados que yo en la carrera. Se hallaban, pues, terminando la segunda enseñanza. Era un grupo de chicos estudiosos y de notable ingenio y discreción. Algunos de ellos han muerto jóvenes; otros se han distinguido en diferentes carreras del Estado; sólo dos se consagraron a la literatura, Leopoldo Alas y Tomás Tuero. El primero llegó a ser, con el pseudónimo de Clarín, un crítico eminente; el segundo a causa de su precaria situación y aún más de su invencible apatía no dió de sí lo que todos esperábamos. Alas era de un ingenio más vivo, más fecundo y, desde luego, mucho más aplicado al estudio; en cambio Tuero poseía un gusto más refinado y mayor instinto poético.

Con estos dos me ligué especialmente. Acogiéronme ellos al principio con mal disimulado desdén. En aquel tiempo yo sólo era conocido en el Instituto por mi carácter turbulento y pendenciero. Me contaba Alas más tarde que antes de conocerme me había visto salir una vez desafiado con otro chico de los claustros de la Universidad. Acompañado él de otro querido amigo nuestro, que aún vive, nos siguieron diciéndose: «—Vamos a ver cómo se pegan estos badulaques.» Llovía copiosamente y, cobijados en sus paraguas, fueron en pos de nosotros hasta el parque de San Francisco y allí presenciaron riendo nuestro furioso combate. Porque aquellos amigos poseían ya una madurez de juicio que yo estaba lejos de alcanzar.

No es maravilla, pues, que aceptasen mi amistad con reserva y me diesen indirectamente a entender que no me hallaba a su altura. Me consideraban como un beocio que, temerariamente, se hubiera colado en los jardines de Academo.

Así que me ligué con ellos vi claramente lo absurdo de mi conducta y renuncié a mis ridículas reyertas. No tardaron ellos también en comprender que yo no era por completo lo que parecía y pude gozar de la sorpresa que vi pintada en sus ojos cuando comencé a tomar parte activa en sus conversaciones literarias.

He dicho que Alas había logrado ser un crítico eminente y no es enteramente exacto. Lo fué después de muerto. Mientras vivió no se quiso reconocer su gran talento; se le negó el fuego y el agua. Todo por haber dado en la inocente manía de poner albarda a los asnos que pasaban sin ella por la calle. Esos animales tan pacíficos, generalmente, se revolvían furiosos contra él y le molían a coces y le acribillaban a mordiscos. Y no sólo hicieron esto sino que lograron que todos los individuos de su misma especie esparcidos por España le enseñasen los dientes y estuviesen apercibidos a ejecutar con él idéntica partida.

Era una verdadera temeridad en aquel tiempo hablar bien de Alas. Yo fuí uno de esos temerarios, y por esto, y también por haber incurrido en sospecha de pensar en dedicarme, como él, a aparejador, se me puso en entredicho. No me molieron a coces, pero me castigaron con un silencio reprobador. Cuando aparecían mis novelas en los escaparates de los libreros pasaban por delante de ellas fingiendo no verlas y enderezando las orejas de un modo significativo.

Tuero no ha llegado ni en vida ni en muerte a la celebridad, aunque la merecía. Era premioso para escribir, como todos los hombres que poseen un gusto exquisito, y no disponiendo tampoco de medios de fortuna no le era posible trabajar sosegadamente en alguna obra que le inmortalizase. Se hizo periodista y murió siendo redactor de El Liberal. Servía poco para el caso porque en la Prensa periódica se necesitan hombres expeditos, no refinados. No obstante, si se coleccionasen algunos de sus artículos se vería claramente qué gran escritor se ocultaba debajo de aquel modesto redactor de un periódico diario.