Había en el espíritu de Tuero algo tan original, una petulancia tan pueril al lado de un humorismo tan acerado, que sorprendía y desconcertaba a los que con él se relacionaban. Su conversación era amenísima, unas veces mordaz, otras sentimental, otras extravagante y fantástica, siempre sorprendente. Su instinto de la belleza tan seguro que yo le llamaba riendo doctor infalibilis. Mientras Alas se equivocó más de una vez lo mismo aplaudiendo que censurando y se dejó imponer por las reputaciones que halló formadas, Tuero se mantuvo siempre sereno, independiente, apuntando con exactitud matemática a la belleza dondequiera que se ocultase.
Recuerdo que en nuestra juventud asistimos juntos al estreno de una obra teatral, la cual obtuvo un éxito tan lisonjero como pocas veces se había visto en Madrid: aplausos ruidosos, aclamaciones infinitas, un desbordamiento increíble de entusiasmo. Al salir de la representación caminábamos juntos cinco o seis amigos haciendo comentarios halagüeños para el autor de la pieza. Tuero permanecía silencioso. De pronto se para y nos dice a boca de jarro:
—Esta noche me he convencido de que soy el hombre de más talento de España. Sí; no puedo dudarlo más tiempo—continuó—porque la obra que acabamos de ver es para mí de todo punto execrable.
Quedamos estupefactos. Uno se encaró con él indignado.
—¿Cómo? ¿Qué estás ahí diciendo? Jamás hemos presenciado un éxito tan grandioso, tan unánime, se puede decir tan delirante.
—Sí, delirante; la palabra está bien aplicada porque sólo delirando se puede aplaudir una obra semejante—replicó Tuero.
¡Cuánta razón le asistía! Algunos años después ni se representaba en los teatros ni nadie se acordaba de tan aplaudida producción dramática.
Fuí, pues, convertido por obra y gracia de aquellos buenos amigos de contumaz gladiador en literato. Pero nuestra literatura se cifraba entonces, principalmente, en hablar de los autores y en disputar acerca de las reglas gramaticales.
Pasamos la vida disputando. Si uno soltaba alguna palabra impropiamente aplicada al discurso; si otro se equivocaba de régimen; si otro escribiendo no había puesto las comas en su sitio. Todo era materia para disputas acaloradas que duraban indefinidamente, pues ninguno quería quedar convicto de ignorancia y defendíamos nuestro régimen y nuestra ortografía como una leona podía defender a sus cachorros. Nos acechábamos constantemente, espiábamos con intensa atención las palabras que cada cual vertía y caíamos sobre algún vocablo impuro como buitres hambrientos sobre la carne podrida. En estas minucias lingüísticas casi siempre salía vencedor Alas, porque las concedía aún mayor importancia que los otros y ponía toda su alma en ellas. Además era poseedor, según supimos más tarde, de un diccionario de galicismos, y con esta arma, que guardaba secretamente, nos infería no pocas veces heridas mortales.
Seguíamos en nuestras discusiones filológicas el método de la escuela peripatética, esto es, disputábamos paseando. Después de terminadas las clases, ya se sabía, nos poníamos a recorrer las húmedas calles de Oviedo y comenzaba la borrascosa sesión gramatical.