Aquella vida, bien mirado, no era muy divertida; pero nosotros la encontrábamos tal. Los que no la juzgaban poco ni mucho amena eran los pacíficos transeuntes a quienes molestábamos con nuestros gritos descompasados y a menudo con nuestros empellones. Porque caminábamos tan ciegos que chocábamos con las personas que venían en dirección contraria y las desbaratábamos sin piedad los callos de los pies. No era tal conducta a propósito para hacernos simpáticos en la población. Nos miraba de través todo el mundo y en algunas ocasiones nuestra clamorosa sabiduría halló por recompensa un coscorrón o un puntapié.
Sin embargo, todo esto, al recordarlo, me enternece. Y cuando alguna vez voy a Oviedo y atravieso la calle de la Magdalena o Cimadevilla, me detengo conmovido, y me digo: «Aquí fué donde Leopoldo Alas me demostró que coaligarse era una palabra bárbara traducida del francés, y que se debe decir coligarse; aquí fué donde Tuero me hizo ver que pronunciaba, de un modo cojo, cierto verso de Espronceda.
Aunque me habitué a esta manera de vivir y fuí cada día más compenetrándome con los gustos de mis nuevos amigos, debo confesar que había algo con lo cual no estaba conforme en el fondo de mi alma. Este algo era el entusiasmo que sentían por ciertos periódicos satíricos que a la sazón se publicaban en Madrid, particularmente por uno titulado Gil Blas. No se hartaban de leer y comentar los donaires y rasgos ingeniosos que salían en este periódico. Para ellos un señor llamado Luis Ribera, otro Roberto Robert, otro Sánchez Pérez eran famosos héroes de las letras dignos de la inmortalidad.
Quien mostraba hacia ellos más intenso aprecio era Alas, cuya vocación de escritor satírico se hizo ostensible desde bien temprano. No solamente los imitaba, escribiendo semanalmente para su uso particular un periódico, que tituló Juan Ruiz, sino que enviaba a menudo al Gil Blas articulitos y versos. ¡Caso prodigioso: este semanario, tan exigente y desdeñoso para todos los literatos que entonces existían en España, insertaba los escritos de un niño de quince años! No dudo que su famoso Juan Ruiz contendría trozos muy apreciables, dignos de la pluma de los redactores de aquel periódico. Yo no los he leído, ni los ha leído nadie, porque la letra de Alas fué siempre inverosímilmente perversa, y durante su carrera literaria causó crueles tormentos a los tipógrafos.
Pero aquellas ingeniosidades agresivas, aquella literatura de flechas aceradas, no infundía calor en mi alma. Los gemidos de las víctimas, las heridas manando sangre, los miembros palpitantes esparcidos por el suelo, me causaban grima, en vez de alegría. Nunca fué de mi agrado el género satírico que se aparta mucho del humorismo. Detrás del humorista hay un espíritu piadoso que sonríe melancólicamente al contemplar las deficiencias y contradicciones de la naturaleza humana. Detrás del satírico sólo un hombre que ríe malignamente y goza con la miseria intelectual del prójimo. Cervantes fué un humorista, Larra un satírico.
Además, yo en aquella época tenía la cabeza llena de las bellezas de El diablo mundo, La Jerusalén libertada y el Orlando furioso, y me parecía que la literatura era esto o no era nada. Por seguir el humor a mis amigos, fingía admirar los dimes y diretes del Gil Blas, pero mi corazón estaba con Espronceda y el Taso. Y como me sentía impotente para esta alta literatura y no era de mi gusto la pequeña, me resolví interiormente, como ya he indicado en el capítulo anterior, a ser un hombre de ciencia. Mi único anhelo entonces, y por bastantes años después, fué llegar a ser un profesor distinguido. ¡Cuán lejos estaba de imaginar que el Cielo me destinaba a poeta épico, ya que la novela, según los estéticos, no es otra cosa que la forma moderna de la epopeya!
Durante aquel año hicimos amistad también y empezamos a reunirmos en casa de dos chicos de nuestra edad, hijos de un opulento fabricante de tabacos de la isla de Cuba, a quienes su padre había enviado a educar a Oviedo. Estaban a la guarda de un muy tolerante y bondadoso sacerdote que nos permitía divertirnos a nuestro gusto. Y la mejor diversión que elegimos fué la del teatro. El arte dramático nos seduce en la primera edad de la vida como ha seducido a los hombres en los primeros tiempos de la historia. Construímos una muy linda escena en el más amplio salón de la casa, para lo cual se nos facilitó cuantos elementos creímos necesarios. Representamos, como debe suponerse, algunos dramas góticos y medioevales, y gozamos la más excelsa beatitud declamando rotundos endecasílabos y esgrimiendo nuestras espadas de madera forradas con papel de estaño.
Había entre nosotros un notabilísimo actor. Por lo menos él se creía tal y nosotros no estábamos lejos de pensarlo. Declamaba con un énfasis y con voz tan cavernosa y temblona, arqueaba las cejas de manera temerosa y agitaba su cuerpo con tan vivos estremecimientos que ningún cómico de la legua le aventajó antes ni después.
Nosotros le envidiábamos: él nos despreciaba. Para vengarnos de su desprecio decidimos tres o cuatro jugarle una mala treta el día de la representación. Se hallaba lujosamente ataviado representando, si la memoria no me engaña, el papel de rey en un drama titulado La tienda del Rey Don Sancho, esperando, con la natural emoción, el momento de salir a escena. Nosotros, a su lado, entre bastidores, le acechábamos. Aprovechándonos de su emoción le pasamos, disimulada y traidoramente, una cuerda por la cintura, haciendo después un nudo corredizo. Cuando le llegó el momento salió impetuosamente a escena, sin darse cuenta de que llevaba tras sí la cuerda, y comenzó a declamar con tanto calor y entusiasmo que, desde luego, cautivó al auditorío, compuesto de nuestras familias y amigos. Mas he aquí que cuando se hallaba en lo más patético de su peroración, comenzamos a tirar fuertemente de la cuerda, atrayéndole hacia los bastidores. Rechinó los dientes y siguió declamando; pero nosotros también seguimos tirando de él, y aunque quiso sustraerse el cuitado a su fatal destino haciendo esfuerzos rabiosos para mantenerse en escena sin dejar de declamar su papel, al fin logramos sacarle de ella y meterle dentro.
¡Qué bárbaras lamentaciones! ¡Qué terribles amenazas proferidas no en endecasílabos sino en la prosa más vil que puede nadie imaginarse! Echó mano al puñal que llevaba a la cintura... ¡gracias a Dios que era de madera!