El público se desternillaba de risa palmoteando calurosamente. Le hizo salir a escena y con él a nosotros los autores de la bromita, colmándonos a todos de aplausos y tirándonos caramelos. Pero don Sancho no se dignó doblar su real espina para recogerlos: antes seguía horriblemente fruncido y lanzándonos miradas centelleantes propias de un león castellano ofendido.
Fatigados del teatro, al cabo nos vino a la mente fundar un Ateneo. Nos pareció aquello más propio de nuestra superioridad intelectual. Porque no dudábamos de ella un punto y nos sorprendía que en la población no nos tributasen los honores debidos a nuestro rango. Veíamos claramente las ridiculeces de muchos hombres ya maduros, formábamos de ellos un juicio sumarísimo y los condenábamos al desprecio. Nuestros profesores no se libraban tampoco algunas veces de este desdén compasivo. Recuerdo que el de Retórica le preguntó a Alas, según me contaron sus condiscípulos:
—Señor Alas, ¿qué son padre y pobre?
—Nada—respondió aquél.
—Son asonantes, hijo mío.
—No son asonantes—replicó.
Hubo una breve disputa: el profesor montó en cólera y le obligó a callar. Todos quedaron, sin embargo, convencidos de que Alas tenía razón y puede suponerse que este incidente no poco contribuyó a nuestro engreimiento.
Fundamos pues un Ateneo cuyas sesiones se efectuaban en casa de los «dos americanos», como acostumbrábamos a llamar a nuestros amigos. Nos reuníamos los domingos por la mañana una docena o poco más de ateneístas, se leía una disertación histórica o científica y hacía objeciones al disertante quien lo tuviera a bien; leíanse después artículos, cuentos y versos; por fin uno de los dueños de la casa nos hacía oír en el piano algunas sonatas o trozos de ópera, pues ya entonces era un maravilloso pianista.
En una de aquellas sesiones dominicales leí yo un concienzudo discurso acerca de Felipe II. Había hecho sobre su reinado investigaciones profundas que no duraron menos de quince días. El resultado de ellas fué un panegírico caluroso de aquel rey insigne que yo consideraba como el más grande estadista que había surgido en la historia de España.
No estuvo desde luego conforme con tal apreciación uno de los sabios ateneístas y en un discurso, que a mí me pareció capcioso, quiso mostrar las deficiencias de aquel reinado memorable. Que si Felipe II era un fanático que había fomentado la ignorancia de nuestro país y lo había entregado atado de pies y manos a la Inquisición; que si había enviado a Flandes un verdugo como el duque de Alba; que si había agotado el tesoro público y esquilmado a la nación por sostener allí un poderío que de nada nos servía... En fin, una serie de cargos irrespetuosos y sin fundamento alguno.