Traté de demostrárselo reprimiendo a duras penas mi indignación y aparentando una tranquilidad que no sentía. De nada sirvió mi moderación; antes por el contrario, envalentonado por ella mi adversario repitió con creciente saña sus diatribas acumulando sobre la cabeza del gran rey los más odiosos dicterios: ignorante, fanático, dilapidador...
Perdí la cabeza. Repliqué furiosamente, hecho un energúmeno. Mi contrincante no se dejó intimidar y con más altos gritos aún siguió vociferando contra el monarca.
Ahora bien, yo en aquel instante representaba, aunque indignamente, al rey Felipe II. No me era posible permitir que por más tiempo se le siguiera ultrajando de manera tan atroz. Por otra parte, para impedirlo no disponía de la Santa Hermandad, ni siquiera de un mal corchete.
¿Qué me correspondía hacer en trance tan apurado?
¡Aplicar un buen mojicón a aquel deslenguado!, dirá seguramente el lector.
Pues eso fué cabalmente lo que hice. Un soberbio mojicón de mano vuelta que resonó fatídico en el augusto recinto del Ateneo. Pero ¡ay! mi adversario respondió con otro no menos arrogante y se estableció una lucha cruel entre ambos.
Los sabios ateneístas se agitaron. En vez de mostrarse neutrales como correspondía a su elevada dignidad dividiéronse inmediatamente en dos campos. Los unos tomaron parte por mí, esto es, por el rey católico; los otros ayudaron abiertamente a sus enemigos, los ingleses, los flamencos, los luteranos. La batalla se generalizó. Por largo tiempo resonaron los gritos y los puñetazos de los combatientes. Hasta que el buen sacerdote que regía la casa vino con los criados a restablecer la paz disolviendo para siempre nuestra asamblea.
Así cayó y se deshizo aquel memorable Ateneo que tanta influencia ha ejercido en los destinos de Europa.
XXXIV
EL CLUB
Acaeció que una noche nos acostamos esclavos los españoles y amanecimos libres.