Su digna esposa no veía, sin embargo, con buenos ojos estas deserciones, y alguna que otra vez las interrumpía de un modo fragoroso y hacía que las cosas volviesen a la normalidad. Porque era la Mirla una mujer colosal, que, por error de la naturaleza, no había nacido sargento de coraceros, y Bernardón, aunque cabo de la Guardia nacional, se sentía intimidado en su presencia.

Todo lo que la Mirla tenía de impetuosa e irascible, lo tenía Bernardón de pacífico y alegre compadre. Nadie podía estar de mal humor a su lado; nadie más que su cara consorte. Y aun ésta en determinadas ocasiones se desarrugaba un poco con sus donaires y solía recompensarlos con alguna que otra peseta volante.

Por regla general, sin embargo, Bernardón no percibía un céntimo por sus chistes. Para la satisfacción de sus inclinaciones más invencibles se veía necesitado a apelar a ciertos medios...

Pero no anticipemos los sucesos.

Un día que entraba de retén en el Ayuntamiento, se palpó los bolsillos y observó, lleno de consternación, que estaban absolutamente vacíos. ¿Cómo invitar a sus subordinados a beber unos vasos? Atormentado por este problema, dió una vuelta por los Trascorrales a ver si su esposa presentaba signo de reblandecimiento.

La Mirla se hallaba ausente. Habían venido a notificarla que una hija suya casada tenía un niño enfermo y había ido a enterarse. Bernardón al ver que el puesto de su mujer estaba ocupado por una amiga, a quien aquélla había encargado que la representase, concibió una idea felicísima. Se dirigió hacia allá y con semblante grave y acento perentorio invitó a la encargada de parte de su esposa para que le entregase el dinero que había en el cajón, pues debía pagar algunas medicinas. Sin sospechar la estafa, le entregó aquélla lo que había, que resultó ser un duro en plata, una peseta en plata también y otras dos o poco mas en calderilla. Con todo cargó el buen Bernardón, y una vez que se halló en el cuerpo de guardia supo darle empleo adecuado.

Algunas horas después llegó la Mirla a su jaula. Al abrir el cajón y encontrarlo sin alpiste y enterarse del pájaro que se lo había comido, una ola de sangre subió a su rostro mofletudo y no faltó mucho para caer al suelo víctima de una apoplejía. Tuvo la fortuna, sin embargo, de poder desahogarse preventivamente con una ristra de exclamaciones, interjecciones y maldiciones proféticas que la aliviaron momentáneamente, dándole tiempo para trasladarse al cuerpo de guardia del Ayuntamiento.

Hacía la centinela el hijo de una frutera amiga suya.

—¿Está ahí mi hombre? le preguntó con trabajo, pues apenas podía respirar.

El centinela le dirigió una larga y severa mirada y respondió fríamente: