—No se puede pasar.
—Yo no te pregunto si se puede pasar, borrico. ¿Está ahí mi hombre, sí o no?
El hijo de la frutera no se sintió halagado por el calificativo y respondió con mayor frialdad aún.
—No se puede pasar.
—¿No se puede pasar?—rugió la Mirla—. ¡Ahora lo veremos!
Y le dió tan descomunal empellón con sus manos poderosas, que el pobre chico cayó de espaldas.
La Mirla penetra en el estrecho recinto donde se hallaba el retén, y lo primero que ven sus ojos es una mesa con botellas y vasos y cascaras de centollas y huesos de aceitunas. Lo segundo a su feliz esposo con las señales de la más pura felicidad pintadas en el rostro.
Y no vió más.
La mesa con las botellas, los vasos y los residuos del marisco y las aceitunas todo cayó sobre el desdichado Bernardón. Y cayeron después ciento veinte kilos más representados por su consorte. Estrujones, puñetazos, violentas sacudidas, tentativas de estrangulación, de todo un poco. Si Bernardón en aquel momento no vomitó los treinta y dos reales convertidos en líquido, no fué porque su digna esposa dejase de poner en práctica los medios conducentes para realizar esta operación.
En cuanto al resto de la guardia no diré que huyó, porque no es cierto. Tampoco diré que se dispersó. Lo único que se puede afirmar con exactitud es que se retiró desordenadamente.