Declaro además, lealmente, que lo que acabo de narrar se refiere exclusivamente a la historia interna o privada del batallón de nacionales. En cuanto a su historia pública no puede ser más honrosa.

Algunos días después de organizado, hallándome en la calle presenciando el desfile, acierto a ver con profunda sorpresa entre los nacionales, con el fusil al hombro, a mi amigo Tuero. Siempre original, no iba en fila como los demás, sino que marchaba a retaguardia solo y apartado ocho o diez pasos del resto de la fuerza. Su talla infantil, pues no contaría más de diez y seis años, y sus largas melenas rubias flotantes, atraían las miradas del público. Parecía un poeta francés maniobrando en el campo de Marte con la guardia cívica en el mes Brumario. Al pasar cerca de mí le grité casi al oído:

—¡Adelante, hijo de la patria!

Volvió el rostro y se puso un poco colorado y me hizo un guiño expresivo. Tuero era un romántico, estaba empapado en Los Miserables, de Víctor Hugo, que sabía casi de memoria; pero era un romántico forrado de humorista, y esta mezcla curiosa le hacía siempre interesante.

Comenzaron los días dichosos de la revolución triunfante. Los nacionales, las asambleas, las manifestaciones públicas, los discursos, los motines ostentaban entonces su frescura primaveral. ¡Ay! este verde follaje no tardó mucho tiempo en marchitarse. Cuando recuerdo, las muchas veces que fuí en procesión en medio de aquellos honrados obreros dando ¡vivas! y ¡mueras! sin saber a punto fijo qué es lo que deseaba que viviese o muriese, me siento conmovido y me ataca la nostalgia del desorden. En cada encrucijada, en cada balcón, nos acechaba un orador. Sus discursos nos arrebataban de entusiasmo, aunque yo nunca logré oír de ellos más que la conclusión: ¡Viva la soberanía nacional!

Se procuraba imitar en lo posible a la revolución francesa, salvo, por supuesto, la guillotina. Y, naturalmente, una de las primeras cosas en que se pensó, fué en la organización de un club que recordase el de los jacobinos o el de los franciscanos de París.

Quedó instalado este club en el amplio salón de un establecimiento de baños, cuyo dueño era un fervoroso republicano. Se reunían allí todas las noches hasta un centenar de personas de todas clases y condiciones, aunque predominaban los obreros. Nosotros, esto es, los cuatro o cinco amigos inseparables que yo tenía, fuimos admitidos a pesar de nuestra excesiva juventud.

¡Qué tiempos aquellos! Todas las cabezas estaban llenas de la revolución francesa. Apenas se pronunciaba un discurso en que no se recordase algunas frases de Mirabeau, de Dantón o Desmoulins. La que aquel profirió cuando Brezé intimó a la Asamblea, en nombre del rey, la orden de disolverse:—«Los diputados de la Francia han resuelto deliberar. Id y decid a vuestro amo que estamos aquí por la voluntad del pueblo y que sólo nos arrancará de este lugar la fuerza de las bayonetas», me parece que tuve el placer de escucharla tres o cuatro docenas de veces. También se recordaba con insistencia aquello de «los privilegios acabarán, pero el pueblo es eterno», y lo otro de «una nación en revolución es como el bronce que se funde y se regenera en el crisol: la estatua de la libertad no está aún vaciada: ¡el metal está hirviendo!»

En suma, aquello parecía una representación casera del noventa y tres.

Hasta los que, incapaces de pronunciar discursos cultivaban el género más fácil de las interrupciones, copiaban las de los convencionales. Había uno que cuando la discusión se acaloraba demasiado solía gritar como Marat:—«¡Os recuerdo el pudor... si es que lo tenéis!» Había otro que no se cansaba de vociferar:—«¡El pueblo se ha levantado, está en pie y espera!»