Pero la frase más extraordinaria que escuché fué la de un sujeto que en momentos de confusión, subido sobre un banco, gritaba como el pintor David en la Convención: «—¡Pido que me asesinéis!»
Era un oficial de sastre. No se le asesinó, aunque bien lo merecía por desvergonzado, pero le dieron dos puntapiés y lo echaron a la calle.
En general, las sesiones no eran borrascosas. Se pronunciaban largos discursos ajenos por completo al drama revolucionario. Recuerdo que un señor nos entretuvo toda una noche explicándonos los movimientos de la tierra y los planetas alrededor del sol, la causa de los eclipses y las estaciones. Un grabador nos leía las Palabras de un creyente, de Lamenais, y su voz se alteraba en ocasiones y se le nublaban los ojos de lágrimas. Un maestro de escuela pronunció un discurso fogoso contra la gramática de la Academia lleno de apóstrofes vehementes y de rasgos irónicos.—«Hay un tiempo en los verbos—exclamaba sarcásticamente—que en la gramática se denomina tiempo pluscuamperfecto. ¿Concebís, ciudadanos, algo que sea más que perfecto? ¡Si existiese este tiempo del verbo sería más que Dios!»
El discurso, aunque contundente, produjo cierto malestar en la asamblea. Aquel rudo e inconsiderado ataque a la Academia inquietaba las conciencias. Se murmuraba que el orador iba demasiado lejos; rebasaba los límites de la audacia.
En fin, que en estas memorables sesiones se hablaba de todo, de Dios, del alma, de la libertad, de astronomía, de las formas de gobierno, del idioma, etc. Porque aquellos obreros eran hombres primitivos, atrasados aún en la evolución, y, por lo tanto, ignoraban que el único ideal digno de discusión en tales asambleas es el de escatimar unos minutos de trabajo y aumentar unos céntimos de salario.
Los oradores todos, sin exceptuar uno, recomendaban constantemente el orden. Sin orden no hay libertad. Era la frase que sin cesar se repetía. Había un ayudante de obras públicas tuerto que no se hartaba jamás de hacer el panegírico del orden amenazando con las más espantosas calamidades, si bajo cualquier pretexto se alteraba poco o mucho.
De tal manera se incubó y echó raíces esta idea en el cerebro de nuestros obreros que en cierto motín popular uno de ellos gritaba frente a los balcones de un banquero con quien tenía resentimientos:
—¡Muera Pinedo!—y añadía después con acento de convicción—: ¡Pero con orden!
¡Cuán lejanos nos hallábamos todavía de estos días perversos en que se asesina a las mujeres y los niños en nombre de la fraternidad universal!
Aquellos honrados y sencillos trabajadores nos habían acogido a nosotros, niños aún, con señales de afecto, nos mostraban gran predilección y, aunque parezca extravagante, nos respetaban.