Pues bien, nosotros no correspondíamos como debiéramos a estas muestras de consideración. Eramos díscolos, turbulentos y nos reíamos más o menos ostensiblemente de los discursos que allí se pronunciaban. Y esto no porque fuésemos reaccionarios y enemigos del pueblo, pues creíamos tanto como ellos en la eficacia de las ideas democráticas, sino porque teníamos excesivamente afinado el sentido de lo cómico. Es un don de la Providencia que rara vez logra hacernos simpáticos.

Por eso algunos de aquellos ciudadanos comenzaron a mirarnos con recelo. Particularmente el grabador que leía en alta voz las Palabras de un creyente, hombre austero y virtuoso, nutría hacia nosotros en el fondo de su corazón un odio implacable. Cuando en sus lecturas tropezaba con algún epíteto que pudiera convenirnos como el de «espíritus frívolos» o el de «serpiente oculta entre las flores» o el de «sofistas embusteros» nunca dejaba de elevar la voz y dirigirnos una mirada significativa. Pero esto no contribuía poco ni mucho a inspirarnos mayor cordura y seriedad, como pudiera suponerse.

Sin embargo, la masa de los ciudadanos estaba con nosotros y sólo perdimos enteramente su apoyo cuando renunciamos al federalismo y nos declaramos unitarios. ¿Lo hicimos por convicción? ¿Lo hicimos por capricho? No lo sé. Lo único que puedo afirmar es que el adjetivo federal aplicado constantemente a la República nos iba crispando.

Era entonces el federalismo un misterio intangible como el de la encarnación del Hijo de Dios. Un viejo caudillo de la democracia, el marqués de Albaida, lo había introducido con barreno en la mente de los republicanos. Nosotros osamos concebir acerca de él algunas dudas sacrílegas. ¿Por qué había de ser federal la República? ¿Por qué romper un día y de un modo arbitrario la unidad nacional que tanto tiempo, tanto esfuerzo y tanta sangre había costado?

Estas dudas nos perdieron. Aunque sólo las habíamos expresado privadamente, todo el club se enteró pronto de ellas. Y comenzamos a ser mirados como réprobos dignos de eterna condenación. Rugía la tempestad sordamente mientras nosotros, inocentes marineros, navegábamos confiados sin poner el oído a su amenaza.

Al fin llegó la funesta noche en que se levantó un orador para manifestar que «en aquel recinto de la claridad y la justicia había seres solapados que trabajaban traidoramente contra la integridad de la República».

Los seres solapados nos levantamos entonces y declaramos abiertamente que renunciábamos para siempre a la federación y que seríamos unitarios hasta la muerte.

Tumulto indescriptible. Los ciudadanos se alzan airados, nos increpan, nos amenazan. No se oyen otros gritos que: «¡Fuera los traidores!» «¡Mueran los unitarios!»

Cuando se hubo calmado un poco la agitación, el presidente en pie y pálido dice con voz temblorosa:

—Después de lo que acabamos de escuchar, con gran sentimiento debo hacer presente a los señores que se han declarado contra la federación que no pueden permanecer más tiempo en este local.