—¡Eso! ¡Eso!... ¡Fuera los enemigos de la República!... ¡Abajo los unitarios!—se gritaba de todas partes.

Entonces nosotros salimos presurosos de los bancos y acompañados de otros tres o cuatro ciudadanos que habían simpatizado con nosotros, formando un grupo de ocho o diez, y entre los silbidos y los mueras de la asamblea nos dirigimos resueltamente a la puerta. Antes de trasponerla uno de los nuestros se volvió iracundo y agitando los puños gritó como Dantón en la guillotina:

—¡Nos cortáis la cabeza, pero no nos cortáis la cola!

Aquella cita trágica produjo enorme sensación. Se hizo un silencio profundo y en medio de él salimos erguidos del club para no volver a entrar.

XXXV
IMPRESIONES MUSICALES

Hay en la vida del hombre una época que pudiéramos llamar teatral, si la palabra no se prestase al equívoco.

Comprenda el lector lo que quiero decir: Hay una época en que el hombre civilizado siente con más o menos intensidad el atractivo de los espectáculos teatrales. Este atractivo se prolonga por más o menos tiempo, según los temperamentos. Tengo un amigo, ya viejo, que gasta 100 pesetas mensuales en localidades para el teatro, y en su vida ha comprado un libro por valor de 3,50. Es un hombre odioso.

A los quince años entregaba yo casi todo el dinero que me suministraban mis padres a los cómicos, salvo el que gastaba en pomada de heliotropo para untarme los cabellos. En aquel viejo teatro de Oviedo, donde se estaba mejor que en una tienda de campaña, he disfrutado gran copia de dramas y comedias de repertorio, escuché infinitos gritos apasionados, muchas décimas calderonianas y no pocas carcajadas histéricas.

Sin embargo, confieso que no fuí tan dichoso en aquel período de mi vida como debía serlo. En esta edad, cuando se asiste al teatro, se encuentra generalmente todo precioso, todo bello, todo divertido. Por desgracia, a mí no me aconteció otro tanto. Mi alma no se abría de par en par a los goces estéticos, porque había dentro de ella un crítico prematuro que se empeñaba en cerrar la puerta.

Ignoro si el virus de la crítica brotó espontáneamente en mi organismo o me fué inoculado por mi amigo Leopoldo Alas, compañero obligado de mis excursiones teatrales, pero lo he padecido siempre y ha amargado mi existencia. Clarín, implacable Mefistófeles, me mostraba cruelmente las escorias de todas las obras dramáticas.