Una noche presenciábamos ambos la representación de un drama, que, si mal no recuerdo, se intitulaba Redención. Era una de tantas desdichadas imitaciones de la famosa Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas. La protagonista moría de una afección pulmonar, como aquélla, y se lamentaba patéticamente de su mala suerte, pues en aquellos instantes su novio le besaba las manos y le decía mil ternezas. En torno nuestro los caballeros se mostraban gravemente conmovidos, pero las señoras lloraban a lágrima viva. Clarín y yo, más duros que el mármol, sentíamos unas ganas atroces de reír. Estas ganas estallaron al cabo en sonoras carcajadas cuando la tísica, después de un golpe de tos, viendo a su amante agitado, le dice con dulzura angelical: «¡No te alborotes!»
La indignación de los espectadores fué terrible: «¡Silencio, silencio!» «¡A la calle esos chicuelos!» Faltó poco, en efecto, para que nos arrojasen del teatro.
Convengamos, pues, en que el espíritu crítico carece de utilidad, y quien lo tiene aguzado es un pobre hombre digno de compasión. Yo estoy seguro de que si me gustasen los malos dramas, las malas novelas y los malos versos, mi existencia se hubiera deslizado mucho más feliz sobre la tierra.
En lo tocante a música he sido más favorecido por la Providencia. Siempre me ha gustado la música mala. Me han entusiasmado y me siguen entusiasmando, la Lucía de Lammermoor, la Sonámbula, El trovador, la Traviata, etc.; esas óperas que actualmente hacen rechinar los dientes a los críticos musicales y les quitan las ganas de cenar. Uno de ellos, que yo conozco, profesa odio tan irreconciliable al maestro Donizetti, ya fallecido cerca de un siglo, que al pasar en cierta ocasión por Bérgamo, donde aquél ha nacido y tiene una estatua, fué sigilosamente por la noche a apedrearla.
Esto es grave. Porque si los críticos dan en la flor de ejecutar tales venganzas póstumas con los autores, temo en verdad que alguno a quien mis libros enfaden, vaya una noche a desenterrarme al cementerio para tirarme de las orejas.
Puesto ya a confesar públicamente mis pecados, declaro que no sólo me agradan las óperas del infame Donizetti, sino también las zarzuelas de mis compatriotas Arrieta, Barbieri y Gaztambide. Escuchando desde aquellas sucias y desgarradas lunetas del teatro de Oviedo Marina, El Juramento, El relámpago y Los diamantes de la Corona, me he sentido dichoso como los ángeles; se borraban de mi mente las impurezas de la realidad y vivía unos instantes mecido sobre la nube del ideal. El mundo dejaba de ser Voluntad, según la frase del más popular de los metafísicos alemanes, para convertirse en pura Representación.
Aún más; no puedo recordar algunas de sus melodías sin conmoverme, y si me encuentro en el campo un día espléndido de primavera, me pongo a canturriar con emoción la romanza de barítono en El Juramento:
| «¡Cual brilla el sol en la verde pradera! |
| ¡Cual su perfume despide la flor!» |
Es ridículo, vuelvo a confesarlo; pero si lo ridículo nos hace felices ¿por qué no hemos de abrazarnos a lo ridículo? En este punto, como en algunos otros, doy la razón a los filósofos pragmatistas.
Son los habitantes de Oviedo muy sensibles al arte de la música. Lo son siempre, pero muy particularmente, es inútil añadirlo, cuando han ingerido algunos vasos de sidra, el licor predilecto de la región cantábrica.