Desde la más remota antigüedad, el alcohol está considerado como un estimulante de la aptitud para las artes conceptivas, con preferencia a las plásticas. Nadie habrá visto a un hombre ebrio extasiarse ante un cuadro o una estatua; pero ¡cuántas veces les habremos oído recitar, con torpe lengua, algunos versos de Zorrilla o Espronceda! Conocí uno que en el último período de la embriaguez repetía con creciente aflicción:
| «¿Qué es el hombre? Un misterio. ¿Qué es la vida? |
| ¡Un misterio también!... |
| Genios, ¡venid, venid!... |
| Vuestro mal con el hombre a compartir.» |
Hasta que caía como un fardo al pie del tonel y no se podía despertar sino haciéndole aspirar un frasco con amoníaco.
No obstante, es la música el arte bello que guarda afinidad más estrecha con los licores espirituosos. En Grecia, las fiestas de Baco, llamadas Orgías, fueron siempre sazonadas con cantos. En Oviedo, lo mismo. Los periódicos locales anuncian que tal día a tal hora se romperá en tal lugar el tonel llamado Prim o Moriones (se les pone, por lo común, el nombre de un general). Un centenar de devotos acude puntualmente a la solemnidad, rodean el grandioso tonel, presencian con emoción su apertura, y, una vez que han probado su contenido, dan comienzo los cánticos desenfrenados.
Mas existe una diferencia esencial entre los cantos orgiásticos de la Grecia y los de la capital de Asturias. Los primeros eran cantos de victoria, entusiásticos y ardorosos, mientras los segundos son siempre tiernos y sentimentales. En Grecia se rendía culto a Baco con gritos delirantes y rugidos de cólera; en Oviedo, con lágrimas. Es increíble el líquido que se derrama por los ojos en estas bacanales. Hay borracho que cantando la despedida de El Grumete: «Si en la noche callada sientes el viento», etc., se derrite en llanto, lo cual ahorra mucho trabajo, como debe suponerse, a los riñones.
El Miserere de El Trovador causaba tal fascinación a cierto escribiente de un notario de Oviedo, que no podía escucharlo sin sentirse arrobado y caer en éxtasis.
Llamábase este escribiente Figaredo, o una cosa parecida; era hombre ya maduro, de pelo canoso, de estatura mediana y más gordo que delgado. Se embriagaba indefectiblemente todos los domingos; pero como hombre jurídico lo hacía de un modo legal. Quiero decir, que jamás dió el menor escándalo en la población. Una vez que salía del lagar y entraba en las calles céntricas, podría caminar más o menos torcido, podría tropezar una que otra vez con las columnas de los faroles, mas su boca no se abría por ningún motivo, grande o pequeño. Ni un grito, ni una palabra, ni una tos. Era un sepulcro relleno de sidra.
Pero había algunos que conocíamos su secreto. Sabíamos que apretando cierto botón, aquella boca se abría con un resorte. Este resorte no era otro que el Miserere de El Trovador.
Una noche entre las once y las doce salía yo del teatro con dos amigos cuando acertamos a ver a Figaredo que caminaba delante de nosotros la vuelta de su casa trazando caprichosas curvas con los pies sobre la acera. Inmediatamente se nos ocurrió apretar el fatal resorte. Adelantamos el paso y al cruzarnos con él cantamos en voz baja los primeros solemnes compases del famoso miserere.
Oírlos Figaredo, pararse en seco, abrirse un poco de piernas y lanzar al aire con toda la fuerza de sus pulmones el grito de angustia del desdichado Manrique desde su prisión, fué cosa de un instante.