El sereno, que no estaba lejos, acudió corriendo.

—¡Haga usted el favor de callarse y no dar escándalo!

Figaredo le miró estupefacto al través de sus gafas.

¿Escándalo? ¡Llamar escandalosa a la música más sublime que jamás se hubiera oído en el mundo! Aquel hombre debía de estar loco.

Pero loco o cuerdo representaba en aquel instante a la autoridad constituída y Figaredo como hombre ligado por su profesión a la ley de enjuiciamiento comprendió que debía callarse y calló.

Bajando, pues, la cabeza resignado siguió su camino en silencio.

Pero nosotros habíamos vuelto sobre nuestros pasos y al pasar a su lado cantamos otra vez el comienzo del miserere.

Figaredo se paró de nuevo, volvió a abrirse de piernas y gritó:

«¡Non ti escordar di me
Leonora addio!»

El sereno corrió enfurecido a él y sacudiéndole por un brazo vociferó: