—¡Cállese usted, escandaloso, o por vida mía que le llevo ahora mismo a la Fortaleza!
Así se llamaba la cárcel de Oviedo en aquel tiempo.
Figaredo volvió a mirarle, sin comprender qué clase de mentalidad era la de aquel hombre; pero bajó la cabeza y siguió caminando. Dejamos que se alejase un buen trecho y alcanzándole después le cantamos de nuevo al oído el miserere.
Figaredo detuvo el paso por tercera vez y atronó la calle con sus gritos de angustia. El sereno, que ya estaba lejos, acudió corriendo y de tal modo enfurecido que estuvo a punto de caer. Como tardó algún tiempo en llegar, Figaredo estaba ya metido en el canto y fué imposible hacerle callar. Ni por sacudirle fuertemente por el brazo ni por dirigirle los insultos más groseros fué posible que cerrase la boca. Figaredo ya no veía ni oía nada, y se lamentaba tremando las notas para hacer más patético su canto. Las lágrimas bañaban sus mejillas.
El sereno exasperado le fué empujando hasta la Fortaleza, que estaba próxima.
Figaredo no callaba. Le abrió la puerta de la cárcel; el sereno dijo no sé qué palabras al centinela; éste rió con toda su alma: el sereno profirió una blasfemia. Y Figaredo fué empujado brutalmente al interior.
Pero no callaba. Todavía allá dentro oíamos lejana su voz que gritaba con infinita amargura.
| Non ti escordar di me |
| ¡Leonora addio! |
| ¡Leonora addio! |
Las injurias, la cárcel, el ridículo, la vergüenza no existían para aquel hombre. El mundo real con sus impurezas, perfidias y groserías se había desvanecido. Como los prisioneros de la famosa caverna de Platón contemplaba cara a cara el sol de la belleza.