XXXVI
EL SUEÑO DEL «LUCERO»
Decían los médicos, aunque no era cierto, que mi madre necesitaba baños de mar. Para tomarlos solíamos pasar el mes de agosto en la villa de Luanco, vecina de la de Avilés, que posee una bonita playa arenosa donde las olas rompen con estrépito.
En aquel tiempo existía en Luanco un hombre llamado el Corsario.
No era Barbarroja, porque tenía barba negra y escasa. No era tampoco el corsario de Byron, porque Conrado, hombre de soledad y misterio (man of lóneness and mistery) hablaba poquísimas palabras y nuestro corsario era un charlatán insufrible.
Además no se le conocía tendencia alguna romántica, sino más bien una inclinación decidida a entrarse por las tabernas y a permanecer allí un tiempo indeterminado.
Era un hombrecillo de ojos pequeños y hundidos, delgado, cargado de espaldas que no traía a la memoria escenas de zafarrancho y abordaje.
¿Por qué se le llamaba el Corsario? No lo sé. Quizá los buenos viejos de Luanco sepan algo más. Pueden ustedes ir a preguntárselo.
Este Corsario desempeñaba el oficio de alguacil del Ayuntamiento. A los que el alcalde mandaba detener los encerraba en la cuadra de su casa. Era entonces la única cárcel modelo que allí existía.
Como profesión suplementaria el Corsario ejercía la de alquilador de caballos. En realidad no debiera hablar en plural, porque alquilaba un solo caballo. Pero tenía además un burro y esta circunstancia le imprimía carácter profesional.
No puedo decir casi nada del burro, porque no he tenido trato con él. En cuanto al caballo no vacilo en afirmar que era un miserable impostor. Siento mucho tener que hablar de él en esta forma, pero el respeto de la verdad me obliga a ello.