Era un rocín bastante bien proporcionado, color de hoja seca, que tenía algunos cuarterones de carne sobre los muslos y en la frente una mancha blanca del tamaño de una pieza de dos pesetas. A esta última circunstancia debía sin duda su nombre de Lucero. El que lo había bautizado era hombre de imaginación, porque aquellos pelos blanquecinos no podían dar idea remota de ningún astro del cielo.
Sus medios de subsistencia estaban envueltos en el misterio y despertaban en Luanco comentarios bochornosos. Si su amo era solamente pirata de nombre él lo era de hecho. Se le veía por los caminos de noche y de día como un vagabundo apercibido a todo lo malo. Saltaba las barreras de los prados y se comía la fresca yerba destinada a las vacas de los vecinos; saltaba también con increíble audacia las tapias de las huertas y engullía las lechugas y los guisantes. Hasta se comió en cierta ocasión, según se dijo, unas enaguas del ama del señor cura que ésta había tendido a secar en la huerta parroquial.
Puede concebirse que tales hazañas solían costarle algunas monumentales palizas. En la villa se le consideraba como un socialista peligroso y era unánimemente aborrecido. Pero es lo cierto que hasta la fecha en que yo le conocí, había logrado no morirse de hambre.
Sin duda, era un animal de mucho mundo y capaz de abrirse paso en la sociedad; pero estas cualidades no le daban atractivo para la equitación. Los honrados vecinos de Luanco le alquilaban una que otra vez por la módica cantidad de dos pesetas para trasladarse a Candás o a Avilés o a cualquier parroquia de las cercanías. Pero a nadie en el globo terráqueo más que a mí se le ocurriría alquilarlo para dar un paseo de recreo y gallardear de jinete.
Pues eso fué cabalmente lo que hice una tarde de Agosto en que el cielo estaba limpio como un cristal y una brisa suave rizaba la llanura azul de la mar.
Cuando le comuniqué mi proyecto al Corsario, éste me miró atentamente de los pies a la cabeza y me hizo varias preguntas técnicas para cerciorarse de mis conocimientos hípicos. Respondí a ellas con bastante soltura y le hice saber además que yo no era un jinete cualquiera, pues me había roto la ternilla de la nariz cayendo de un caballo. Esta última prueba le tranquilizó por completo. Yo le entregué las dos pesetas por adelantado y esto le tranquilizó todavía más.
Fué a buscar al gandul del Lucero, ocupado a la sazón, como un peón caminero, en limpiar de yerba las orillas de la carretera y mientras lo enjaezaba me dió muchos paternales consejos. Yo le pregunté si tenía espuelas. Volvió a mirarme atentamente y al cabo me respondió gravemente:
—Sí; tengo espuelas; pero aquí nadie las usa.
—Pues yo no monto sin espuelas—le repliqué con tal extraordinaria firmeza que sin entrar en más explicaciones se fué a buscarlas.
Eran dos horribles artefactos de hierro dulce oxidados. Estuve vacilando si calzármelas o no, pero al fin me decidí a ello después de haberlas fregado un buen rato con aceite y arena.