Héteme aquí cabalgando sobre el Lucero, que en cuanto salió de la cuadra conmigo principió a hacer piernas dando unos brinquitos muy elegantes, marchando ahora de un costado, ahora de otro, sin duda con el propósito de que yo mostrase al público mi gentileza.

Estaba encantado de mí mismo. Jamás en la vida me había hallado tan bizarro. Lanzaba miradas investigadoras a los balcones de las casas y me sorprendía que no saliesen a ellos todas las niñas bonitas de Luanco para contemplar a aquel jovencito apuesto de naciente bigote que se tenía tan galanamente en la silla.

Fué un momento de esplendor que recordaré mientras viva. Todos, grandes y pequeños han tenido en su existencia algunos de estos instantes de triunfo más o menos duraderos. Mi apoteosis no duró en el tiempo más de cinco minutos y en el espacio unos ciento cincuenta metros. Llegado a este límite aquel hipócrita animal que tenía debajo de mis pantalones se puso tranquilamente a caminar a paso lento y no me fué posible con ningún argumento hacerle volver de su determinación.

Quise dejarle algún reposo. A los mismos oradores parlamentarios se les concede cuando han hecho demasiadas piernas en el Congreso, y le permití caminar a su gusto. Pero al llegar a la plaza, como observase que había por allí muchos bañistas de ambos sexos, no quise perder la ocasión de mostrarles mis dotes excepcionales para los ejercicios ecuestres y advertí al Lucero por medio de la espuela de que era llegado el momento de secundarme.

¡Que si quieres! Bajó la cabeza acusando recibo del espolazo y siguió en la misma forma paso tras paso delicadamente como si fuese pisando huevos.

Segunda llamada. La misma respuesta. Yo me indigné. Tenía quince años y en aquella edad me indignaban muchas más cosas de las necesarias. Repetí el aviso. Nada. Lo repetí otras cuantas veces con el mismo resultado. Aquel gran hipócrita bajaba siempre la cabeza y se mostraba conforme; pero no parecía poco ni mucho inclinado a seguir mi voluntad. Se acata, pero no se cumple.

En aquella época Luanco no era un centro de placeres. Los bañistas prolongaban por la mañana cuanto podían el tiempo destinado al baño. Por la tarde iban de paseo a un sitio llamado la Fuente mineral y amenizaban la excursión comiendo las moras de los zarzales que guarnecían las paredillas del camino. Por la noche discutían en familia la cuestión de la temperatura y se metían en la cama.

Esta es la razón y no otra de que cuantas personas transitaban en aquel momento por la plaza con sombrilla y sombrero de paja lo mismo que las que departían apaciblemente a la puerta de los comercios quedasen extáticas contemplándome con la mayor atención posible.

Sentir la atención pública sobre sí es cosa que a no pocos hombres desconcierta. Uno de estos hombres soy yo. Consideré que debía dar satisfacción a aquella curiosidad haciendo algo que no fuese en absoluto corriente. Y lo más adecuado era hacer galopar a mi caballo.

Yo era un inocente en aquel tiempo y desconocía por completo no sólo el corazón de los bípedos, sino también el de los cuadrúpedos. Este infame animal, sin hacerse cargo de la crítica situación en que me hallaba, el papel ridículo que me iba a hacer representar y la desconsideración que iba a arrojar sobre mí ante la opinión pública, se obstinó en no salir del paso. Por cuantos medios puede un hombre emplear para convencer a un ser irracional traté de persuadirle a que diese algunos brinquitos sugestivos que me dejasen airoso ante aquella sociedad veraniega. No fué posible. Palmaditas en el cuello para halagar su amor propio. ¡Up! ¡Up! Gritos de triunfo para despertar su entusiasmo. Avisos indicadores con la espuela. Nada...