En aquel momento penetró en la plaza viniendo de la parte de la playa un grupo compuesto de cinco o seis elegantes señoritas, las cuales quedaron inmóviles contemplándome con cierta curiosidad burlona. Al fin soltaron a reír con frescas y unánimes carcajadas.

Fué mi perdición y la de Lucero. Aquellas carcajadas entraron por mis venas como un licor ponzoñoso. No supe lo que hice. Ciego de cólera principié a dar furiosos espolazos al autor de mi deshonra. El Lucero se dejó martirizar con la obstinación de un hereje. Yo no veía su sangre, pero la sentía correr. ¡Se la hubiera bebido toda!

Sin embargo, en medio de mi agonía dolorosa, tuve una satisfacción. Aquellas alegres señoritas dejaron de reír y se pusieron serias. Como era necesario salir de tan equívoca situación, pues Lucero se negó a dar un paso más y pude advertir que el público se ponía de su parte, tiré de las bridas fuertemente y le hice dar la vuelta.

Entonces Lucero se puso a caminar con alguna mayor celeridad; no mucha. Yo, frenético, llorando de vergüenza, seguí dándole furiosos espolazos.

—¡Ave María!... ¡Mira, Pepe, cómo va ese caballo!

Todos los transeuntes dirigían la vista al vientre del caballo, me miraban después a mí, y sacudían la cabeza en señal de reprobación.

Pero mi cólera no se apagaba. Me creía cubierto de ridículo por toda la eternidad.

Lucero debía tener conciencia de la infamia que conmigo había cometido, porque aumentaba un si es no es la rapidez de sus pasos. Quizá no fuese el grito de la conciencia sino la perspectiva de la cuadra.

Pero he aquí que no muchos pasos antes de llegar a ella se dejó caer de bruces al suelo y yo con él. Por milagro no me rompí segunda vez el cartílago de la nariz. Me alcé así que pude y traté de alzarle a él también. Fueron inútiles mis esfuerzos. El Lucero, de rodillas cual si estuviese orando por sus enemigos, entre los cuales debía yo contarme, no hacía movimiento alguno.

Entonces cruzó por mi mente una idea pavorosa. ¡Si estaría muerto! La deseché inmediatamente; pero con la misma velocidad volvió a colarse. Otra vez la rechacé y otra vez se introdujo. Y así, con este metódico vaivén vibratorio, llegué pronto al convencimiento de que el Lucero no pertenecía ya al número de los seres vivos. Esta certidumbre me dejó a mí casi tan muerto como a él. ¿Cómo me presentaría al Corsario?