Me presenté trémulo, convulso, tartamudeando absurdos.
—¿No sabe usted?... El Lucero... se ha dejado caer ahí en la calle... y no quiere dar un paso más... Me parece que está durmiendo...
Una sonrisa increíblemente sarcástica se dibujó en los labios del Corsario.
—¡Si dormirá, si dormirá!... ¡Es un zorro!... ¡Pero qué zorro!
Y echando mano al látigo que tenía colgado de un clavo, salió conmigo a la calle.
El Lucero seguía inmóvil sobre las rodillas, con la cabeza metida entre ellas.
—¿Duermes, Lucero?—preguntó el Corsario con acento aún más sarcástico que la sonrisa.
Y con habilidad y presteza maravillosas le aplicó dos estacazos entre las orejas con el mango del látigo. El Lucero permaneció inmóvil orando como un derviche. El Corsario, altamente sorprendido, acercó a él su rostro, le examinó atentamente y, al cabo, abriendo desmesuradamente los ojos, exclamó:
—¡Así Dios me salve, está muerto!
Y de repente, se abalanzó furioso sobre mí y me echó la mano al pecho arrugando mi camisa almidonada.