—¡Tú lo has matado!... ¡Tienes que pagarlo!

Aterrado por el impensado abordaje de aquel pirata, dejé escapar débilmente de mi garganta:

—¡Lo pagaré, lo pagaré!

Pero no lo pagué. Los varones más calificados de la villa certificaron que no había fallecido de muerte violenta sino de inanición.

Era un despreciable rocín, un hipócrita, un bellaco...

Sin embargo, en este momento, me alegraría de no haber dado aquellos espolazos.

XXXVII
POETA Y CAZADOR

Jamás olvidaré aquel verano que pasé en mi aldea natal entre el cuarto y el quinto año del bachillerato. Entonces fué cuando mi alma se puso en contacto con la naturaleza y gozó la dulce embriaguez llena de alegría que a su influjo potente nos acomete. No recuerdo ninguna época de mi vida en que haya sido más dichoso. No lo fuí al modo de un ser casquivano y bailarín sino como un poeta, como un griego primitivo que, subyugado por la magia donisíaca, rompe en himnos celebrando la alianza del hombre con la tierra y el evangelio de la armonía de los mundos.

Vivía yo en una tranquilidad llena de sabiduría, vivía en una sorprendente serenidad dejando filtrarse suavemente en mi alma el encanto de aquella naturaleza fresca, transparente, aromática. Era la alegría de un enamorado frente al objeto de sus ansias y que puede saciarse con su vista a todas horas. Salía de madrugada a recoger el rocío que caía de los castañares, a respirar el perfume del heno fresco; dormía a la hora de la siesta debajo de los avellanos; me bañaba al declinar el sol en los remansos del río. Era tan feliz, que algunas veces imaginaba que el tiempo no existía, que había puesto ya un pie en la eternidad y que no saldría jamás de aquel dulce enajenamiento.

Es el valle de Laviana, donde he nacido, grandioso sin ferocidad, grave y apacible al mismo tiempo. Los prados, siempre verdes, circundados de avellanos, surcados por mansos arroyuelos, causan una impresión idílica de paz y contento. Pero las suaves colinas que lo limitan, cubiertas de espesos castañares, surgen ya con un sentimiento de fuerza, como una majestuosa armonía que no turba la paz de nuestro espíritu aunque lo inclinan a la meditación. Detrás, otras colinas más altas y adustas, alzan su cabeza desnuda. Por fin, más allá, se levantan protectoras grandes masas de montañas salvajes, como poderoso baluarte contra las irrupciones de enemigos o curiosos. Se respira aquí una profunda ternura, se siente la presencia del espíritu de infinita paz que nos da la plenitud de vida, la salud del alma y el vigor del cuerpo.