Mi corazón palpita todavía al recuerdo de aquellas horas en que flotaba sobre un mar de eternas delicias. Tendido sobre el césped, hundiendo mis ojos en los abismos azulados del firmamento sobre el cual pasaban volando como fantasmas algunas nubes, sintiendo en torno mío hormiguear entre la yerba un mundo microscópico, compuesto de innumerables insectos que se agitaban igualmente dichosos, sentía correr por mis venas la vida abundante, poderosa, armónica como una sinfonía de la naturaleza inmortal.
Parecíame que la tierra me sustentaba con amor ofreciéndome sus dones, que participaba de su felicidad y vivía en mística unidad con ella. Los pájaros tendiendo su vuelo por el aire despertaban en mí ansias de lanzarme a regiones más luminosas, me causaban un estremecimiento de vértigo, el presentimiento feliz y terrible a la vez de lo sobrenatural, mientras los insectos murmurando en torno me narraban al oído sus diminutos amores haciendo resonar en mi corazón vagos y punzantes deseos.
¿Quién podría suponer que un adolescente a quien agitaban en aquellos días tan nobles sentimientos sería capaz de asesinar fríamente a las avecillas del cielo, esparciendo sus plumas y su sangre sobre el césped? Nada más cierto, sin embargo. Provisto de una vieja carabina de pistón que Cayetano me facilitara, convertíme en perseguidor implacable de los mirlos, jilgueros y malvises que revoloteaban alegres por nuestra pomarada. Es esta una contradicción que a mí me toca confesar y a los psicólogos explicar.
¡Sí! Confieso con vergüenza que esta matanza me causaba increíbles placeres y que cuando atisbaba entre las ramas de los manzanos a un jilguero preparándose a entonar su canto apasionado en honor de su amada jilguera o a una jilguera remilgada sacudiendo las alas con coquetería para atormentar a su jilguero, me relamía como un tigre a la vista de su presa y sigilosamente me colocaba debajo de ellos y les privaba de la existencia.
Sin embargo, había otra cosa que me placía aún más que el asesinato mismo, y era su preparación. Vosotros, los que poseéis una primorosa escopeta inglesa o belga e introducís bonitamente por la recámara esos brillantes proyectiles que semejan dijes de reloj, ignoráis el placer inefable de cargar una carabina de pistón. Aquel descolgar del hombro el frasco de la pólvora y verter una pequeña cantidad en la palma de la mano e introducirla en el cañón, sacar acto continuo un viejo periódico del bolsillo y meter un trozo de él en seguimiento de la pólvora y atacar luego con la baqueta hasta presentar en el rostro señales de congestión; aquél echar mano, terminada esta operación, al cuerno de los perdigones, tomar un puñado de ellos, introducirlos igualmente y atacar de nuevo, esta vez con más delicadeza; aquel cebar prolija y esmeradamente la chimenea y sacar del bolsillo del chaleco la cajita de los pistones y tomar uno y ajustarlo...
Hay que confesar que la vida no es tan triste como muchos pretenden.
Precisamente me hallaba cierta tarde entregado en cuerpo y alma a una de estas operaciones venturosas delante de mi casa cuando acertó a pasar por allí don Eloy, el secretario del Ayuntamiento, con su escopeta al hombro y su perro brincando delante de él. Se paró a contemplarme, me saludó afablemente y me dijo con encantadora brusquedad:
—¿Quieres venir conmigo a ver si matamos unas perdices?
La emoción enrojeció mi rostro. Porque era el secretario un cazador prodigioso, el más diestro de toda aquella comarca y uno de los renombrados de la provincia. Los grandes señores de Oviedo y Gijón le escribían cuando iban a emprender una excursión cinegética por los campos de Castilla, y don Eloy les acompañaba y era el alma y principal ornamento de estas cacerías.
A nadie sorprenderá, pues, que bajo el peso de tanto honor, quedase mudo y suspenso.