Don Eloy no comprendió lo que por mí pasaba y se apresuró a añadir:

—No te haré caminar mucho. Me han dado noticia de que ahí cerca, sobre Cerezangos, hay un bando. ¿Te atreves?

¡Que si me atrevía! Hubiera ido a buscar el bando de perdices en tan noble compañía al polo antártico!

En efecto, no caminamos siquiera media hora cuando el perro quedó de muestra entre los helechos.

—¡Amartilla!—me dijo por lo bajo el secretario—. Ya estamos sobre ellas.

—¡Entra!—gritó después al perro.

Unas cuantas perdices levantaron el vuelo y ambos disparamos; yo casi con los ojos cerrados.

Una perdiz vino al suelo.

—¡Por vida mía!—exclamó don Eloy con acento irritado—. ¡Erré el tiro! Fortuna ha sido que tú lo hayas afinado, porque si no se nos escapan todas.

Quedé como quien ve visiones. Una ola de placer celestial invadió mi cuerpo y por poco me hace dar con él en el suelo. Me creí en aquel punto un héroe. Don Eloy tomó la perdiz de la boca del perro que se la traía y me la entregó con semblante triste.