Declaro que en aquel instante cruzó por mi mente un relámpago de duda; pero mi vanidad lo apartó de sí con horror.

El bando de las perdices dobló, esto es, se fué volando a la colina de enfrente. La caza en los países quebrados como el mío es mucho más penosa que en los llanos. Para llegar a ella necesitábamos bajar al fondo del valle y trepar después una razonable distancia. Bajamos rápidamente y ascendimos después todo lo más veloces que pudimos empleando casi una hora en llegar al sitio donde el bando se había posado.

Otra vez paró el perro, otra vez entró a la voz del secretario, otra vez disparamos ambos y otra vez vino una perdiz a tierra.

—¡Maldita sea mi suerte!—profirió don Eloy llevándose las manos a los cabellos, y tratando de arrancárselos—. ¡Otro tiro que erré! ¿Qué mal rayo tendré yo en las manos hoy?

Esta no coló. Quedé confuso, avergonzado, y le dije balbuceando:

—Ha sido usted quien la mató. Mi tiro ha sido muy alto.

—¿Qué estás diciendo ahí, chiquillo?—respondió irritado—. El mío fué el que marró: tiré sobre la izquierda y la pieza que cayó salió por la derecha.

Ahora bien, yo estaba bien seguro de que había tirado sobre la izquierda... Pero no insistí; tuve la flaqueza de no insistir.

Recogí la perdiz que don Eloy me entregó y la colgué triunfalmente a mi cinturón.

Regresamos a casa y durante el camino don Eloy no hacía más que lamentarse amargamente de su torpeza afirmando que los cazadores solían tener estos días aciagos. Yo le escuchaba un poco mohino haciendo esfuerzos desesperados por creerle, aunque sin conseguirlo.