Pero cuando llegamos a Entralgo y me vi rodeado por los criados y algunos vecinos y oí cantar a coro mis alabanzas y vi brillar en los ojos de mi madre la alegría de haber dado el ser a un cazador tan extremado todas mis dudas se disiparon y creí efectivamente que nadie más que yo había dado la muerte a aquellas dos aves inocentes.

Sin embargo, mi padre sonrió de un modo particular cuando le contaron mi hazaña. Y aunque don Eloy no cesaba de lamentarse de su mala suerte, aquella sonrisa enigmática no se le caía de los labios.

Largos años hace que el buen secretario descansa bajo la tierra; pero mientras yo aliente sobre ella no olvidaré los tiros que tan generosamente marró.

XXXVIII
ADÁN EXPULSADO

Muchas veces, casi siempre, lo que esperamos con ansia, no nos trae la felicidad, ni lo que esperamos con temor, la desgracia.

Jamás hubo un estudiante de quinto año más ansioso que yo de hacerse bachiller. Este magno acontecimiento era, a mi modo de ver, la llave del Paraíso.

En efecto, fué la llave, mas no para abrirlo, sino para cerrarlo. Este primero y gran desengaño que la vida me ofreció, produjo en mí tal efecto, que me hizo para siempre con ella receloso. En cada esperanza he visto, desde entonces, una emboscada; en cada deseo, una trampa. Y he pasado mi existencia como los cocheros, apretando el freno en todas las pendientes.

Tal deseo vehemente de hacerme bachiller, no era sólo por las preeminencias que tan glorioso título lleva consigo. Mis padres me habían prometido enviarme a Madrid a seguir la carrera de Jurisprudencia y ya me veía dueño absoluto de mis acciones en medio de la corte de España. ¡Qué halagüeño porvenir!

Tanto pensaba en él, que en vez de prepararme durante aquel curso para el examen, repasando las asignaturas de los años anteriores, no se me ocurrió cosa más apetitosa que comprar algunos libros de la Facultad de Derecho y ponerme a estudiar por ellos.

La Economía Política me sedujo de un modo increíble. Bien imagino ahora que no era tanto por la ciencia misma como porque su estudio me engrandecía a mis propios ojos. ¡Es tan distinguida, tan elegante la Economía Política! Estudiándola me creía a cien leguas de aquellos viejos y ridículos maestros del Instituto, me parecía vivir en una atmósfera de buen tono y adoptaba ya con mis compañeros las formas corteses, pero un poco desdeñosas de los hombres de mundo.