Tal extravagancia pudo costarme cara. Al aproximarse la época de los ejercicios o sea del examen general del bachillerato, me encontré bastante mal preparado. Sobre todo el latín, me parecía haberlo olvidado por completo. ¡Vayan ustedes con los gerundios y las oraciones primeras de activa a un hombre que meditaba sobre las relaciones del capital y el trabajo!

Me acometió un terror pánico. Si me suspendían, ¡adiós Madrid!, ¡adiós vida alegre, independiente!, ¡adiós relaciones del capital y el trabajo!

Faltaban pocos días ya para el examen: no me era posible prepararme bien en tan corto tiempo. Aturdido por la cruel perspectiva de ser rechazado, principié a imaginar tontería sobre tontería para salir del aprieto. Y naturalmente, puse en práctica la mayor de todas ellas. Nada menos se me ocurrió que ir a visitar a mi antiguo profesor de latín, aquel romántico Cincinato que tenía su fundo en la falda de las colinas y confesarme con él, esto es, declararle mi ignorancia y mis temores.

Como lo pensé lo hice. No fuí a verle a su amable retiro campestre, sino a su casa de la urbs que era vieja, obscura, y que tenía un olor clásico a ratones bastante pronunciado.

Pero he aquí que en cuanto subo nada más que media docena de escalones, adquiero súbito y por arte mágico los suficientes conocimientos de latín para sufrir cualquier examen por riguroso que fuese. Subo otros cuantos y me encuentro hecho un sabio: la lengua romana no tenía secretos para mí.

Naturalmente, comprendí que la visita era ya inútil. Bajé de nuevo la escalera y salí a la calle triunfante.

Sin embargo, no había dado muchos pasos por ella cuando sentí que mi ciencia filológica menguaba de un modo sorprendente y al fin se disipaba como la bruma de la mañana; quedé un instante perplejo y me decidí a entrar otra vez en casa del profesor.

Otra vez volví a sentir inundado mi cerebro por una ola de sabiduría, que lo bañó por completo y estuve bien tentado a dar la vuelta. Pero sospechando que pudiera ser un falaz espejismo, hice un esfuerzo por arrojar de mí aquella ilusión y tiré del cordón de la campanilla.

Era un cordón negro, siniestro, fatídico, como la cuerda de un ahorcado. La campanilla sonó en las profundidades de aquel antro con lúgubre tañido, que apretó mi corazón; aunque ya estaba bien reducido.

Y repentinamente sentí un vago deseo de que la casa se derrumbase y me sepultase entre sus ruinas.