Una vieja salió a abrirme; detrás de ella un perro que me dirigió una mirada de desprecio sin ladrarme. Lo mismo él que la vieja comprendieron al instante que yo era un pobre estudiante que venía pidiendo misericordia. Estaban acostumbrados a estas visitas.
Me introdujeron en una sala de piso negro y pegajoso por las capas de cera superpuestas durante medio siglo y allí me dejaron sin decirme una palabra. De las paredes, tapizadas con papel pintado que reproducía infinitas veces un loro mordiendo la flecha de la torre de un campanario, pendían algunas fotografías con marco de nogal representando al profesor con toga y birrete rodeado de sus discípulos. La fecha, escrita debajo con supremo arte caligráfico, era atrasadísima. Otros cuadros contenían diplomas que daban testimonio de la aplicación del profesor cuando era niño. ¿A qué época se remontarían estos diplomas?
Al cabo de unos minutos se presentó el catedrático en persona y quedé petrificado como si viese un espectro.
—¿Qué deseaba, hijo mío?—me dijo después de esperar vanamente a que yo diese algún signo de vida.
Tardé todavía algún tiempo en salir de mi transmutación marmórea y, al fin, balbuciente y ruborizado, le pregunté por su salud y por la de su familia como si fuese lo único que en aquel momento me interesase sobre la tierra. El profesor me informó afablemente de estos extremos y volvió a reinar el silencio.
Entonces me puse a dar vueltas entre los dedos a mi sombrero con la velocidad de un cuerpo celeste.
El profesor apenas se dignó fijar la atención en aquel movimiento de rotación increíble y me siguió mirando de hito en hito.
—El caso es... que dentro de algunos días me voy a presentar al ejercicio de letras para el grado de bachiller.
—Perfectamente—manifestó el catedrático doblando el espinazo con ceremoniosa solemnidad.
—Y como hace tanto tiempo que estudié el latín...