No pude pasar más adelante; tenía un nudo en la garganta. El profesor vino en mi auxilio.
—Supongo que no habrá usted abandonado su estudio y que se presentará bien preparado.
—¡Ah!—exclamé poniéndome rojo hasta el blanco de los ojos—. No señor, no... no estoy bien preparado, sobre todo en el latín, que he abandonado un poco en estos últimos años.
Los ojos del catedrático expresaron profunda consternación. Se llevó la mano a la frente y observé en él síntomas inminentes de desfallecimiento. Después comenzó a pasear por la sala con las manos atrás, según su costumbre, dejando escapar unas veces resoplidos de furor y otras suspiros de angustia.
—¡Abandonar el hermoso idioma del Lacio!—exclamaba levantando los ojos al cielo.
Yo me pegué a la pared maldiciendo la hora en que había nacido.
—¡La lengua de Marco Tulio y Quintiliano!
Me apreté aún más contra el muro sin dejar por eso de imprimir a mi sombrero una velocidad vertiginosa.
—¡La lengua meliflua de Tíbulo y Propercio!
Más pegado aún; casi incrustado.