—¡La lengua de Escipión el Africano!

Yo estaba desesperado de haber ofendido a aquellos ilustres varones, pero la cosa no tenía remedio. Ni aun logré filtrarme por la pared como era mi deseo vehemente.

En fin, mi sombrero había hecho más de cinco mil revoluciones sobre sí mismo cuando el catedrático cesó de suspirar y lamentarse. Siguió paseando silencioso y entregado a una dolorosa meditación.

Entonces acaeció en aquel recinto algo lamentable que no puedo recordar sin ponerme colorado. Sonriendo como un idiota rompí el silencio exclamando:

—¡Vaya unas patatas que recoge usted en su finca del Naranco!

Apenas había pronunciado estas absurdas palabras comprendí que había caído en un pozo. La desesperación me hizo quedar clavado en la pared con la misma sonrisa estúpida en los labios y aguardé impávido a que el profesor me echase de la estancia a puntapiés.

Se detuvo delante de mí y me dirigió una larga y severa mirada. ¡Caso prodigioso! Aquella mirada fué poco a poco perdiendo su severidad y tornóse al cabo en benévola.

—¡Maravillosas!—exclamó con énfasis—. Ni las más dulces de la Campania, ni las más farináceas del vecino reino de Castilla las sacan ventaja.

¡Estaba salvado!

Nuestra interesante conferencia, que duró todavía algunos minutos, versó toda ella sobre tan amables legumbres.