Quintiliano y Escipión el Africano debieron de estremecerse con indignación en sus tumbas.

Cuando al cabo me despedí, el catedrático me pasó paternalmente el brazo por encima de los hombros y vertió en mi oído algunas palabras de aliento.

Ahora bien, esta escena ha enriquecido mi alma con una enseñanza y un sentimiento. La enseñanza, bien deplorable, es que en este mundo la adulación más grosera, más estúpida e inoportuna produce buen efecto. El sentimiento no puede ser más dulce: se cifra en la gratitud que he guardado siempre en el pecho hacia las patatas que fueron mis salvadoras en aquella ocasión. Jamás he dejado de rendirles homenaje cuando me las han presentado bien guisadas.

Me hice bachiller al fin sin contratiempo alguno y vine a pasar el verano a Avilés con mis padres. No recuerdo otro más feliz en mi existencia si no es el que precedió a... ¿Por qué sumergir ahora la mirada en otras épocas de mi vida? El presente fué dichoso, porque a la conciencia de mi libertad, tan grata a todos los seres, se unía la perspectiva de la corte, no menos grata a los jóvenes provincianos.

Me apuntaba la barba; se me había mudado la voz; en casa me consideraban ya como un hombre. Fuera de ella me mostraba tan celoso de esta prerrogativa, tan quisquilloso que cualquier palabra o signo que no se dirigiese al reconocimiento decisivo de mi virilidad me hería profundamente.

Mi pobre madre, al verme mozo, se puso a amarme con verdadero frenesí. Ella, que siempre había sido sobria de caricias con sus hijos, me las prodigaba ahora frecuentes y apasionadas como si se sintiese morir. Cuando yo entraba en casa me echaba los brazos al cuello, me apretaba contra su pecho, me tenía así largo tiempo y me decía al oído palabras de ternura.

En efecto, se sentía morir. Su cuerpo delicado parecía una sombra; sus grandes ojos negros le llenaban la cara. Todos lo observaban menos nosotros, que acostumbrados de toda la vida a verla sufrir imaginábamos sin duda que aquella salud tan quebradiza no se rompería jamás por completo. La sostenía su espíritu indomable hecho a guerrear desde la infancia con su cuerpo.

Recuerdo que uno de aquellos últimos días de mi estancia en Avilés la encontré de rodillas limpiando con un paño la pata de una mesa donde había visto polvo. Cuando entré en la habitación quiso abrazarme, pero no pudo. Entonces corrí y la levanté en mis brazos con la misma facilidad que si fuera una niña. Ella sonriendo me abrazó y me besó con efusión. Yo sin darme cuenta de lo que aquello anunciaba sentí, no obstante, que las lágrimas se me agolpaban a los ojos.

—¡Atrás, atrás recuerdos dolorosos! Toda mi vida he llevado en el alma aquel momento, aquella sonrisa triste como si antes de bajar a la tumba el ser que me dió el ser quisiera dejar grabada a buril su imagen en mi corazón.

—¡Partamos! La dicha me espera. En los últimos días sentía una impaciencia loca por volar fuera del nido. Un mes antes ya había comenzado a arreglar mi baúl al cual dirigía miradas amorosas desde mi lecho al acostarme como si fuese el símbolo de mi felicidad. Compré un plano de Madrid y me puse a estudiarlo tan concienzudamente que cuando llegué a la capital pude caminar por ella con gran asombro de mis amigos, sin necesidad de guía.