Por fin llegó el momento de la partida. Era, si no recuerdo mal, el día primero de Octubre, cuatro antes de cumplir los diez y siete años. Mi padre me acompañó hasta Oviedo. La silla de posta salía por la noche de la plazuela de la Catedral, donde se hallaba la casa del Correo.
En la mal esclarecida plazoleta trajinaban los mozos subiendo a la baca de la diligencia los equipajes mientras algunas escasas personas en torno de ella despedían a sus deudos o amigos. Reinaba un silencio discreto, un ambiente de tristeza. Los caballos de vez en cuando hacían sonar sus cascabeles sin despertar alegría.
El reloj de la torre, cuya grave voz tantas veces me había llamado a mis estudios y a mis recreos, vibró al fin con diez campanadas. Recibí las últimas caricias de mi padre sin emoción, con la indiferencia egoísta de todos los ilusos. El postillón hizo chasquear el látigo y partí.
Al encontrarme solo y a obscuras en el fondo de la berlina corrió por mi cuerpo un estremecimiento feliz no exento de melancolía. Porque nuestra alma nos advierte con un lejano suspiro en medio de las más vivas alegrías que no debemos fiar de ellas. Una ola de vagos anhelos, de ilusiones y esperanzas se hinchaba dentro de mi pecho, subía a mi cerebro y me embriagaba. Jamás sentí la vida más amable que en aquella primera hora de soledad y de fuerza.
El coche rodaba por la sombría carretera. Los árboles y las colinas se dibujaban informes en la penumbra de una noche estrellada sin luna. El ruido de los cascabeles, el chasquido del látigo del postillón y el sordo rumor de las ruedas me adormecían con un letargo deleitoso. Cuando cerraba los ojos una legión de ángeles murmuraban en mi oído palabras de ventura, desplegaban mágicas y soñadas perspectivas.
¿Angeles he dicho? ¿No serían más bien diablos disfrazados?
Pero ya comenzamos a escalar las grandiosas montañas del Pajares; ya nos acercamos a la cumbre; ya tocamos en ella.
¡Adiós dulce infancia! ¡adiós adolescencia soñadora! Allá abajo me esperan la casa de huéspedes sórdida, la indiferencia desdeñosa, la hostilidad irracional, el placer sin alegría, el pecado, el remordimiento...
Ya la diligencia traspone la cima de la montaña; ya corre por las llanuras dilatadas de Castilla.
¡Adiós! ¡Adiós! Adán salió del Paraíso.