—¿Quién es esa novia?—repitió.
Silencio sepulcral por mi parte.
—Vamos, niño; ¿no quieres decirme quién es?
Entonces yo, despechado, exclamé:
—¿Para qué? ¿Para que me la quite como el nido?
Pude observar que el cura se llevaba la mano a los ojos y hacía esfuerzos desesperados para reprimir la risa, lo cual no dejó de sorprenderme porque yo creía haberle dicho la cosa más lógica del mundo.
V
RAMONÍN
He aquí el otoño con su ropaje amarillo y sus nubes de color violeta. Las manzanas encarnadas empiezan a desprenderse de los pomares y caer sobre la yerba, y este suceso tan conforme con las leyes inmutables de la naturaleza en vez de elevar mi espíritu a la consideración de la gravitación universal como en otro tiempo a Newton, atacó directa y perniciosamente a mi estómago. Renuncio a calcular las que comí. La fabricación de la sidra debió de haber sufrido una merma considerable aquel año a causa de esta circunstancia; pero yo he guardado el secreto hasta ahora.
De aquel verano salí convertido no sólo en agricultor inteligente y práctico sino también en diestro cazador. Supe cómo se armaban trampas para atrapar gorriones esparciendo algunos granos de trigo por el suelo y colocando sobre ellos un cedazo que se mantenía de pie por medio de una larga cuerda: cuando los gorriones venían a comer los granos se soltaba la cuerda y quedaban prisioneros debajo. Supe hacer hoyos en la tierra y poner sobre ellos una pizarra sostenida por un palito, de tal ingenioso modo colocado que cuando el pájaro se posaba allí para comer los granos caía la pizarra sobre él y quedaba preso dentro del hoyo. Este artefacto iba dirigido particularmente contra las codornices. También aprendí a untar con liga las ramitas superiores de los arbustos para que los jilgueros al posarse quedasen allí pegados. No recuerdo haber atrapado pájaro alguno con todos estos delicados artificios; pero eso no importa para que los conociese perfectamente.
Donde mis éxitos se mostraron claros y evidentes fué con los grillos. Conocía cinco o seis maneras sutiles y graciosas de persuadirles a que saliesen de la cueva. Casi ninguno se resistía a mis pérfidas insinuaciones y se apresuraban a salir a respirar el aire fresco y se dejaban atrapar en cuanto ponían el pie fuera de su casa. Pero si alguno se obstinaba en permanecer en sus habitaciones bien porque sospechase de mi buena fe o porque estuviese ocupado en aquel momento, entonces me veía obligado a apelar a un terrible argumento que no describiré por no ofender la susceptibilidad de las damas que lean estas memorias.